Ejercicio de escritura creativa: La escena del objeto perdido

ejercicio de escritura creativa

Este ejercicio de escritura creativa te entrena para construir escenas con peso emocional usando un solo objeto. Es rápido, claro y sorprendente. A partir de una pérdida mínima, crearás tensión narrativa. Perfecto para escritores que buscan retos de escritura breves que fortalezcan técnica y precisión narrativa.

Qué trabajarás

  • Entrenarás la construcción de escenas, es decir, cómo organizar acciones, detalles y emociones dentro de un momento narrativo claro.
  • Practicarás subtexto, lo que el lector entiende sin que el narrador lo diga directamente.
  • También mejorarás la verosimilitud: pequeños detalles que hacen creíble la historia.
  • Este tipo de ejercicios de escritura ayuda a enfocar la práctica de escritura y a descubrir cómo mejorar la narrativa desde situaciones simples.

Pasos del ejercicio

  1. Elige un objeto perdido. Puede ser algo cotidiano: una llave, una fotografía, un reloj. Decide por qué es importante para el personaje, pero no lo expliques de forma directa. El valor debe revelarse a través de acciones y reacciones.
  2. Crea una escena concreta. Sitúa al personaje en un solo lugar donde descubre la pérdida. Limita el tiempo narrativo a unos minutos. Añade tres detalles sensoriales del espacio: un sonido, una textura y un olor. Los detalles deben interactuar con la acción.
  3. Escribe la búsqueda. Redacta una escena de máx. 200 palabras. Cada intento de encontrar el objeto debe aumentar el conflicto: frustración, interrupciones o recuerdos incómodos. Regla clave: cada movimiento del personaje revela algo sobre su carácter.

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Comentarios

10 respuestas a «Ejercicio de escritura creativa: La escena del objeto perdido»

  1. Avatar de Sofia
    Sofia

    Su esposa, que se encontraba en la cocina preparando buñuelos de espinaca para el almuerzo, escuchó el grito de frustración de Mario y se estremeció. A esto le siguió un fuerte ¡BUM! que por el sonido metálico, le pareció que podía ser una patada al tambor de chapa que había en el jardín hacía más de un año y no cumplía función alguna.

    Bajando el volumen de la radio, se asomó a la ventana y con voz suave preguntó: “¿todo bien?” Pero no hubo respuesta.

    Entonces salió hacia el huerto donde vio a Mario, sucio, revolviendo la tierra con la mano derecha, en la que tenía puesto un guante. Mientras tanto, la mano izquierda estaba metida en el bolsillo del enterito para evitar tocar la tierra y las posibles lombrices. Resbaladizas y casi sin piel, movedizas cuando están sanas.

    Graciela, que entendió todo lo que estaba pasando, quiso ayudarlo. Entonces también removió la tierra. Ella sí podía hacerlo directamente con las manos. Al sentir que estaba fresca y húmeda se entretuvo haciendo bolitas y se distrajo por un instante.

    Mario que estaba enrojeciendo, agarró un tomate y lo apretó hasta que todo su brazo se cubrió de jugo y semillas.

    El olor a quemado llegó desde la cocina. Graciela lo convenció de ir a comer los deliciosos buñuelos que había preparado y le prometió que luego seguirían buscando.

  2. Avatar de David Burzac
    David Burzac

    Carol era una niña astuta. Tenía la costumbre —casi un ritual— de revisar los cajones de su hermano mayor. Siempre buscaba lo mismo: una vieja pluma victoriana, de mango tallado en madreperla, fría y brillante como si guardara un secreto.

    Cuando la encontraba, jugaba a dibujar sobre la mesa de luz. No escribía palabras: trazaba líneas, círculos, sombras. Le gustaba sentir el peso de la pluma entre los dedos, imaginar que aquello era un instrumento antiguo, peligroso, capaz de abrir algo más que el papel.

    Una tarde volvió al cuarto con la discreción que la caracterizaba. Cerró la puerta con suavidad y abrió el cajón.

    La pluma no estaba.

    Revolvió todo con creciente ansiedad: medias, papeles doblados, un reloj roto, botones sueltos. Nada. Pasaron varios minutos hasta que su mirada se detuvo en un cuadro apoyado contra la pared. Era una fotografía vieja: su hermano, sentado en el escritorio, escribiendo con aquella misma pluma.

    Carol se quedó mirándola.

    Recordó el frío del metal, el brillo nacarado del mango… y la finura casi cruel de su punta.

    Suspiró.

    Sintió un pinchazo leve en los dedos, pero no le dio importancia. Estaba demasiado concentrada en imaginar cómo se sentía volver a escribir con esa pluma. Sus manos siguieron moviéndose dentro del cajón, palpando objetos invisibles.

    No notó que algo tibio comenzaba a deslizarse entre sus dedos.

    Cuando quiso retirar las manos, ya era tarde. La sangre había empezado a manchar el fondo del cajón, oscureciendo las telas y los papeles.

    Carol sacó las manos de golpe… pero no las miró.

    Entonces oyó pasos en el pasillo.

    Su respiración se detuvo. Cerró el cajón de un tirón y corrió a esconderse detrás del ropero, frente al armario. Desde allí apenas podía ver el cuarto.

    La puerta se abrió.

    Su hermano entró.

    Fue directo al cajón. Lo abrió con gesto distraído, buscando algo. De pronto se quedó inmóvil. Su rostro cambió al ver las manchas rojas sobre un par de medias blancas.

    Con cuidado, hurgó entre la tela empapada.

    Y de allí sacó la pluma.

    La misma con la que Carol —sin darse cuenta— se había perforado el dedo mientras husmeaba aquel objeto que tanto deseaba.

    Durante un instante la sostuvo frente a la luz.

    La punta estaba limpia.

    Demasiado limpia.

    1. Avatar de santoago90

      El ejercicio admite máximo 200 palabras. Si gustas vuelve a hacer el ejercicio con el límite establecido, así lo leeremos en el directo. Saludos.

  3. Avatar de Angeles Mariles
    Angeles Mariles

    —¿Dónde diablos dejé el papel con la contraseña? —se preguntaba una y otra vez la vieja mujer.

    Su mano temblorosa sostenía el teléfono mientras, del otro lado, una voz impaciente le exigía hacer una transferencia bancaria con urgencia.

    Buscaba la nota por todos lados, apartando papeles y objetos, aunque las lágrimas apenas le permitieran ver. Le habían dicho que su hija había sido detenida, pero que podían dejarla libre, sin más averiguaciones, si entregaba cierta cantidad de dinero.

    —Por favor, deme unos minutos —suplicaba la señora.

    —No corte la llamada. Busque rápido lo que necesita, no tenemos mucho tiempo —ordenaba la voz.

    Los minutos pasaban lentamente mientras su corazón latía desbocado.

    Derrotada, se dejó caer en el sillón. Permaneció con la mirada fija en la fotografía familiar sobre la mesita, como si se despidiera de su amada hija.

    El ruido de la puerta al abrirse la devolvió a la realidad.

    Su hija, sonriente, apareció en el umbral.

    La vieja mujer se levantó de un salto, aventó el teléfono y corrió a abrazarla.

    En la mesita, bajo la fotografía familiar, asomaba la esquina del papel con la contraseña.

  4. Avatar de Estela
    Estela

    Llegar

    ¿No sé porque pierdo tanto las llaves? ¡Y eso que les puse una campanita para no perderlas! Busco en el bolso: lapicera, pañuelo y hasta el muñeco de mi dulce Antonito pero de llaves, nada.
    ¿Será la sensación del otro día? ¡Me dió tanto miedo! Algo me decía que no saliera de casa. Sentada en el auto, sin arrancar, temblé pidiendo a Dios que cuidara a los míos.
    Al doblar la esquina, pisé el freno, dejando al auto de atrás que me pasara. Luego, este, impactó estruendosamente contra una camioneta igual a la mía.
    Sin aire, cerré los ojos. Al abrirlos, no había nada: no había choque, no había otro auto, no había arrancado siquiera. Bajé llorando y volví caminando. Desde ese día, ando perdiendo las llaves.
    Ahora estoy delante de mi puerta. Revuelvo el bolso y al sacar la botella, caen. Estoy por agacharme mientras se abre la puerta. Mi Antonito ya es un hombre. La casa está muy cambiada.
    Antonio se agacha y toma las llaves. Mirá, le dice a una mujer: ¡una campanita! Como las de mi vieja. Siempre decía que si suena una campana, un ángel recibe sus alas.
    Lo miré, aunque él no me veía y le dije: Volví.

  5. Avatar de Carolina Lizarazo
    Carolina Lizarazo

    El domingo amaneció tibio y silencioso. Ante la noche de fiesta ofrecida en su casa, quiso dormir más, pero la luz del sol que golpeaba la ventana y la sequedad de su garganta se lo impidieron. Alargó el brazo hasta la mesa de noche para coger el celular, pero su mano no lo encontró.

    Lo último que recordaba fue haberlo usado para pedir un Uber a su último invitado. Tras reburujar cada rincón de la habitación y no dar con él, salió a la terraza para fumar un cigarrillo que, en vez de calma, le dio un vacío helado en el estómago.

    Ante la impotencia de subir contenido y no ver su puñado diario de likes, reanudó rabiosamente la búsqueda, haciendo una inspección maniática por cada área de la casa, hasta llegar a lugares impensables como el interior del refrigerador. Al no encontrarlo, una bola de llanto histérico invadió la atmósfera.

    Tras darse por vencida, se tumbó en el sofá para darse un atracón de chocolates y sobrellevar la abstinencia digital, pero con el silencio apabullante y el tiempo que se le imponía pesado y lento, recurrió a la televisión.

    Todo fue inútil. Su mirada se fue perdiendo como un ente en algún punto de la pantalla, mientras el sofá la seducía para que se quedara siempre allí y el hastío aprovechaba para incrustarse en ella.

  6. Avatar de Miss Yaguarlocro
    Miss Yaguarlocro

    La escena del objeto perdido

    La chauchera Miss Yaguarlocro

    La mujer se arregla para ir al médico, la farmacia y el mercado. El taxi, afuera, pita tres veces. Ella se para con los ojos muy abiertos, los mueve de un extremo a otro, traga su saliva espesa, casi no respira: «¡Mierda! ¿Dónde puse la chauchera?».

    Después de media hora el taxi vuelve a pitar. La mujer abre la cortina y, con las dos manos abiertas, golpea el vidrio; le señala:
    — ¡Espere, no joda!
    Corrió al dormitorio, buscó en el velador, abrió el cajón de la cómoda, movió el montón de pastillas. Al cerrarlo, se remordió el dedo meñique; lo chupó para aliviarlo.
    En la cocina sacó todo lo que tenía en el bolso; regó la acetona, lo que le hizo toser varias veces.

    La mujer abre la puerta, es el taxista.
    —Págueme y me voy.
    —No tengo, no encuentro mi chauchera.

  7. Avatar de Emily Onofre
    Emily Onofre

    Estabas perdido. La vida era la misma en tus sueños: ella siendo una mujer sin rumbo y tú persiguiendo su camino. Ahora sólo existe en esa foto, la última que no decapitaste. La que guardas en la alacena de la casa.
    Esta noche no has dormido bien pensando en eso. En la foto ella lleva las alhajas de tu madre, las que robaron juntos, y su cabello suelto cubre su ojo derecho y tu sonrisa. Buscas la foto, pero hace poco la alacena fue saqueada durante uno de tus arrebatos de ira y adicción. Trajiste desconocidos a la casa y se llevaron todo. Pensaste que eso lo habrían considerado poco vendible.
    Hoy vuelves a buscar la foto, convencido de que no encontrarla debió ser un sueño. El olor a manzanilla de su shampoo todavía entra por las ventanas.
    Te quedas dormido.
    Cuando despiertas en mitad de la noche corres hacia la alacena. La comida sigue intacta. Pero la foto no está.
    Entonces lo recuerdas.
    A veces todavía te parece sentir tierra seca entre los dedos.
    La llevaba consigo cuando se fue sola.

  8. Avatar de Marie
    Marie

    Arcoiris

    Siempre le dije al tío Ignacio que lo cuide como propio, pero él se jactaba de que sabía lo que hacía.
    Bastó un llamado de su esposa para enterarme del conflicto sin vuelta atrás.
    Las cenizas ya no están -me dijo acongojada María.
    A lo cual le respondí que no creía en los trucos de magia, que por favor me explique la situación de principio a fin.
    Sabés que tu tío es un tanto bruto, y bueno… se lo llevó puesto.
    Eso no podía pasar. Me lo quise traer a casa y me insistió, se ofendió, se enojó; hasta que le di el gusto. En definitiva era su hermano además de mi papá.
    En ese instante, la palabra papá me resonó en los oídos como si escuchara una canción de Vox Dei. Olí a juventud, a rebeldía y mis manos tocaron su alma. Ya no sus cenizas disgregadas sino su verdadero ser.
    Volví a tomar el tubo del teléfono y le expresé a mi tía:
    No te hagas cargo de lo que se le cayó de sus manos. Vos jamás descuidarías a un ser querido.
    Claro que no, pero el tiene sus manos tan ásperas del taller mecánico y también está con un poco de Alzheimer.
    No sabía nada -acoté en voz baja.
    No te preocupes, uno hace lo que puede.
    Al finalizar la conversación sentí un calor sobre el pecho y observé un arcoiris que me recordó la canción Mañana campestre, aquella que mi papá siempre tocaba con la guitarra.

  9. Avatar de Pablo Arellano
    Pablo Arellano

    Debo salir pronto. Llegaré tarde al concierto. Preparo el estuche con mi saxofón. Verifico si los botones no se atascan. La boquilla está en su sitio. La saco para probarla. Todo está en orden. Ahora abro el compartimento en el estuche donde guardo la carpeta con las partituras. No está. Regreso a ver a todos los lados. Alzo el estuche. No están. Corro al estudio, reviso el atril qué tiene algunas hojas, pero solo encuentro partituras de ejercicios. Cuántas horas practiqué con ellas. Mi sudor arruina las hojas que tengo en las manos. Las tiro al piso. Voy al librero a buscarlas. Cuando Linda vivía conmigo, ella las solía poner ahí a pesar de habérselo dicho varias veces que no. Pero con el atril era lo mismo, lo plegaba para guardarlo. Quito con relativa calma los primeros libros, pero al notar que no hay lá carpeta, empiezo a sacar pilas de libros y a ponerlos en el piso sin discreción alguna. Veo el reloj. No me da tiempo. Cierro el estuche. Tengo que ir a tomar el tren para llegar a tiempo. Solo me imagino a mí olvidando una línea de melodía y las caras desconocidas en el público intentando esconder su desagrado.

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