El narrador que no entiende – Ejercicio de escritura creativa

ejercicio de escritura creativa

Este ejercicio de escritura creativa te reta a narrar desde una mente que observa, pero no comprende del todo lo que ocurre. Genera tensión y profundidad sin giros forzados. Ideal si buscas retos de escritura que mejoren claridad, perspectiva y control narrativo.

Qué trabajarás

  • Entrenarás el punto de vista limitado, donde el narrador percibe pero interpreta mal.
  • Practicarás focalización, controlando qué información recibe el lector.
  • Desarrollarás subtexto, porque el lector entenderá más que el narrador.
  • Estos ejercicios de escritura fortalecen la práctica de escritura y enseñan cómo mejorar la narrativa usando perspectiva e ironía dramática.

Pasos del ejercicio

  1. Elige un narrador limitado. Puede ser un niño, alguien distraído o un personaje que desconoce un hecho clave. Define qué no entiende (una discusión, una despedida, una mentira). El lector debe poder inferir la verdad.
  2. Crea una escena concreta. Un solo lugar y pocos minutos. Añade tres elementos visibles (objetos o gestos) que el narrador describa sin captar su significado real. Evita explicaciones. Solo observa y registra.
  3. Escribe la escena. Redacta máximo 200 palabras. Usa frases simples. Describe acciones y diálogos sin interpretar demasiado. Regla clave: lo importante ocurre “entre líneas”. El narrador nunca reconoce el conflicto central.

Recibe un ejercicio de escritura creativa cada semana y mejora tus textos con feedback personalizado

* indicates required
Te agregamos a un grupo exclusivo con otros escritores.

Intuit Mailchimp

Taller de escritura creativa en Madrid

Desarrolla tu escritura con ejercicios narrativos, lectura y retroalimentación en un grupo presencial en Madrid centro.

[Descubre el taller en Madrid →]

Comentarios

10 respuestas a «El narrador que no entiende – Ejercicio de escritura creativa»

  1. Avatar de Carolina Lizarazo
    Carolina Lizarazo

    No sé cuánto tiempo llevo aquí escondido junto a David. Lo último que recuerdo es que tras ese estruendo en el que todo empezó a caer, él me haló con brusquedad hacia el sótano. Luego todo se enmudeció.

    No suelo visitar este lugar tan apartado de la casa. Prefiero el jardín, donde salgo solo o con David, quien juega conmigo. Cuando él se ríe, yo me río, me habla en juego y yo le contesto con movimientos de mi cuerpo. A veces me emociono tanto que grito, pero no me importa porque en el día puedo hacerlo, a diferencia de las noches, donde lo tengo prohibido.

    El tiempo pasa, sigo en este frío lugar y David aún duerme. Mientras me pongo a merodear porque ya tengo hambre, el silencio se rompe cuando escucho un ruido estrepitoso que viene de la calle. Me asomo a la ventana y veo un auto grande que dispara una luz con rapidez y emite el agudo sonido que me incomoda.

    Corro hasta donde David. Le doy besos con mi lengua sobre su rostro apagado, pero no se mueve. Entonces la puerta se abre y se lo llevan, ignoran mi llanto y se van.

    Como un andariego abandonado me pongo a deambular por una ciudad sin casas.

  2. Avatar de Milena E.
    Milena E.

    No fue hasta mediados de abril que al fin cesaron las lluvias; la primavera había llegado a Andalucía, y mi hermana Adela y yo estábamos deseando aprovecharla.
    Esta vez, la estación trajo consigo conversaciones sobre matrimonio y otras cosas de mayores sobre las que ni Adela ni yo queríamos oír.
    Por eso, cuando nos llamaron al salón aquella tarde, supe que aquello acabaría en desastre.
    Nada más llegar, mi padre me presentó a un muchacho rubio, algo mayor que mi hermana, y todos comenzaron una de aquellas tediosas conversaciones sobre bodas, pero esta vez, la novia tenía un nombre conocido.
    Mi hermana llegó de la arboleda riendo a carcajadas con su amiga Lola, para el disgusto de mi padre.
    Al ver a aquel chico, se soltaron inmediatamente las manos, que traían entrelazadas. Pensé que se debía a que eran chicas: las chicas de mi clase siempre querían parecer mayores de lo que eran.
    Se miraron entre sí, y Lola le hizo un rápido gesto a mi hermana para que se limpiase la mancha de pintalabios que tenía en la barbilla.
    Adela miró de nuevo al muchacho que, según nuestros padres, sería su marido, y no pudo evitar que se le llenasen los ojos de lágrimas.
    Entonces, salió corriendo, y Lola, tras murmurar una disculpa, corrió detrás de ella.
    Miré al chico, que estaba tan mortificado como mi hermana hacía apenas unos segundos, y supuse que a mi hermana le disgustaba la idea de abandonar esta casa; al fin y al cabo, solo tenía dieciséis años.

  3. Avatar de BegoEE
    BegoEE

    Se levanta la tarde nublada y en su ráfaga de viento cae la brisa de la nube gris, con ella, el balón entra y enciende la euforia del gol. La gente grita, festeja, se empapa, confunde su llanto con la lluvia.
    Detrás de la banca, él escucha, observa, se desalienta; su equipo va perdiendo. Y mientras sigue acomodando termos, lustrando tachos, doblando casacas e inflando balones; su técnica se frustra, apaga sus ganas y desanima sus sueños.
    El tiempo da su último segundo, suena el silbato, el árbitro baja sus brazos y los jugadores estrechan sus manos.
    No comprende por qué sus jugadas solo en su mente funcionan. Regresa a casa y prepara su alineación. El mañana siempre será una nueva ilusión. Cierra los ojos y descansa.
    Horas después, las luces vuelven a brillar, él viste uniforme con el número diez y tiene el balón en su revés, gira y se quita a dos, hace un cañito y da un largo y parabólico pase a gol… sus planes funcionan!
    Su compañero recibe y anota!!
    Las lágrimas ahora son de su afición.
    Él festeja, escucha la ovación y sonríe, posa su rodilla en el piso… y despierta.

  4. Avatar de Sofia
    Sofia

    Suelo ver a los personajes desde un ángulo alto, como si estuviera en la esquina del techo del lugar donde suceden los hechos. Pero esta vez apenas puedo ver a Alicia. Al atravesar el espejo todo se ha deformado y hay un aire denso que cambia la forma y la masa de los objetos. Esa nube también se interpone entre nosotros. Veo sus pasos entrecortados y su figura se trasluce por instantes detrás del humo.

    Así con dificultad puedo verla bebiendo un frasco que está sobre la mesa y desaparecer al instante nuevamente. Un conejo blanco pasa apurado, y detrás de él una figura pequeña lo persigue. Creo que ha atravesado un picaporte. Quiero seguirla pero mi intuición me frena, pienso que no es un lugar seguro y decido renunciar a la historia.

    Entonces me levanto de la silla del escritorio intentando dejar de pensar en ella y voy al baño para lavarme y refrescarme el rostro. Pero al alzar la mirada y encontrarme en el espejo, todo detrás mío parece deformarse de nuevo. Me estremezco y parpadeo. Alicia aparece detrás de mí, toma mi cabeza con fuerza y la empuja contra el espejo obligándome a quedarme yo también del otro lado.

  5. Avatar de María Norma
    María Norma

    No sé cómo llegue hasta está calle desconocida. Veo gente extraña a mi alrededor. Quienes son? Adónde voy? Camino y camino. Me obligo a no detenerme pero desconozco mi destino. Llegó a una plaza, niños jugando, voces humanas extrañas. Una señora mayor me saluda agitando un pañuelo celeste. Me conoce seguramente, pero quien es ella,? Algo extraño, misterioso me impulsa a seguir caminando, a no detenerme. Alguien me grita,: levántate pero yo no le presto atención. De pronto llegó a un parque inmenso, maravilloso, con flores silvestres de distintos aromas, pájaros revoloteando, aguas cristalinas y sonoras. Nunca estuve allí. Quien me condujo hasta ese lugar? Mi mente se hace muchas preguntas sin ninguna respuesta hasta que una música conocida suena en mi celular.

  6. Avatar de Miss Yaguarlocro
    Miss Yaguarlocro

    El narrador que no entiende
    Barcelona vs. Liga — Por Miss Yaguarlocro

    Estoy sentado en las gradas del estadio, rodeado de gente que grita y salta como loca. De repente, un hombre realiza una jugada con su mano en la cara de su contrincante; el hombre con la bandera amarilla entra al campo y saca una tarjeta roja a los dos. Los hinchas estallan en emoción, hacen gestos con la mano y gritan palabras dedicadas a las madres de los adversarios.

    Los jugadores se siguen enfrentando: el que recibió la jugada responde con una más audaz con su codo en el costado de la cabeza del otro, y este cae al césped mientras los árbitros pitan. Ahora es un todos contra todos y la cancha se tiñe de rojo. La policía entra y trata de separar a los jugadores y a los fanáticos. Hay gente tendida en el suelo y las sirenas de ambulancia están presentes. Qué juego tan extraño. Luego de toda esta locura…

    El marcador de goles dice: 1 a 1. El tiempo de juego se acaba y el balón rueda.

  7. Avatar de Estela
    Estela

    Funcional

    El día sábado, luego de revisar el trabajo de limpieza del portero como Subsecretaria del Administrador en Ejercicio, ví salir a la señora Rodríguez con la cara desencajada. Atribuí esto a la pelea de la noche anterior. por la que como Subsecretaria del Administrador en Ejercicio, llegué del 4A, escuché gritos, un terrible golpe y, silencio. Igualmente golpeé la puerta y les grité: «Soy la Subsecretaria del Administrador en Ejercicio. No me hagan llamar a la policía.» Mi palabra resultó efectiva hasta que la veo salir, en una hora inhabilitada para tirar basura por orden municipal, con sus dos pesadas bolsas.
    Como si eso fuera poco, una de ellas, perdía dejando una huella roja en la vereda «recién limpia.»
    Mirándola, con la autoridad que me compete, le dije: «Señora Rodríguez, como Subsecretaria del Administrador en Ejercicio, creo que debemos hablar y, por favor, tire esa bolsa, que gotea.»
    La señora Rodríguez abrió los ojos. Miró la línea roja desde su bolsa a la puerta. Abrió la boca. Luego, levanto, de a una, las bolsas, con mucho esfuerzo, dejándolas caer en el contenedor . Levanté el mentón. «Hoy me mudo, nos mudamos.» Dijo y entró.
    Cuando hay alguien que se ocupe, las cosas funcionan.

  8. Avatar de Marilu Nieto
    Marilu Nieto

    Eres hermosa, una buena mujer, siempre busqué a alguien como tú —me dijo.
    Había esperado esas palabras por mucho tiempo.
    —Te veré en la noche —le dije—. Y luego le di un beso—. Quiero que te pongas la chaqueta que te regalé.
    Él asintió, me acarició la mejilla y se fue al trabajo.
    La tarde pasó tranquila. Envié los informes que tenía pendientes y, al hacerlo, sentí que las vacaciones empezaban. Iríamos a cenar en la noche por nuestro aniversario y, a la mañana siguiente, el viaje que habíamos estado planeando desde hace tanto tiempo.
    Revisé que la casa rodante tuviera todo lo necesario. Iríamos tres meses por el sur, recorriendo países y durmiendo a la luz de las estrellas, en medio de paisajes poco transitados. Me imaginaba todo eso mientras escogía la ropa que necesitaría para el viaje.
    Él ya hizo su maleta. De por sí no tiene mucha ropa y en su armario ya no hay casi nada. Le compraré un par de guantes hoy en la tarde; le harán falta.
    Después de tomar una ducha y ponerme mi vestido de cóctel, tomé un taxi hasta la tienda. Busqué unos guantes verdes que le combinen con su bufanda, ya que los había perdido en una integración laboral que tuvo hace meses. Enseguida fui caminando hacia el restaurante, que quedaba a un par de cuadras.
    —¿Tiene reservación?
    —Sí, a nombre de Gudiño, por favor.
    —Sígame, es junto a la ventana. El señor aún no ha llegado, pero puede esperar en la mesa. ¿Le gustaría algo de beber?
    —Sí, por favor, una copa de vino de la casa.
    —Enseguida.
    Eran las 7 pm. Me puse a hojear la ruta de viaje del día siguiente.
    7:10 y no ha llegado. De seguro le pidieron algo a última hora.
    Veo el WhatsApp y nada. Le envío un mensaje: “Ya llegué al restaurante, te espero”.
    Sigo analizando la ruta. Google Maps me envía el recordatorio de las rutas del año pasado. Sonrío y recuerdo la foto que no tomamos en ese lugar.
    Abro el Instagram de él y la busco. Tenía un atardecer de arcoíris precioso. Qué raro… está vacío. Solo hay una foto: dos manos tomadas. Una de ellas usa los guantes que se le perdieron.

  9. Avatar de Isidora Luna

    La cena

    La yaya Carmen cocinó para tres, aunque somos dos desde que murió el abuelo Joaquín.
    Lo noté cuando puse la mesa y ella me corrigió: falta un plato. Le pregunté para quién y dijo que para el que tiene hambre. Me pareció raro.
    La silla del abuelo quedó frente a mí.
    Comimos en silencio. El caldo humeaba. La yaya miraba hacia esa silla de vez en cuando y sonreía, esa sonrisa de antes.
    A mitad de la cena escuché que una cuchara raspaba el fondo de un plato.
    —Yaya, se te cayó algo.
    —No se me cayó nada —respondió sin levantar la vista.
    Terminamos de comer. Recogió los tres platos y los llevó a la cocina.
    El del abuelo no tenía nada.

  10. Avatar de José Andrés Morales
    José Andrés Morales

    … “Ya estamos cerca” susurré, mientras veía la ruta más corta para llegar a la cabaña de madera que solíamos jugar de niños Héctor (mi hermano mayor). Apreté con firmeza el collar de oro que papá le había regalado para su cumpleaños y contuve mis lágrimas. Empecé mi camino colina abajo.
    El sol estaba radiante esa tarde, un cielo azul intenso reflejaba sus espejismos en aquel bosque de pinos altos, árboles anchos, palos delgados y acompañados de un ecosistema de arbustos de diferentes tamaños que escondían una flora impresionante. El pasto húmedo, jugaba con los colores de la tierra mojada y el verde musgo que se adhería a las rocas como pintura. En el extremo derecho, se escuchaba el pasar fluyente del río que correteaba y golpeaba rocas y troncos sumergidos.
    Mis pasos se volvían torpes y eran interrumpidos por el espeso grosor del suelo, haciéndome tropezar estúpidamente… Mis pies confundieron la coordinación y caí con mi rodilla izquierda a la superficie y sostuve mi peso con la mano derecha en esa misma roca dónde solíamos apuntar nuestras visitas al bosque. “¡Ja!, nunca te iba alcanzar, estúpido” Dije en voz alta para escuchar mi voz. Pero por momentos, el ruido se desvanecía tenuemente, y se fortalecía cuándo enfocaba mi atención en mantener mis músculos tensos. Sudor corría por mi frente y mi respiración cada vez era más profunda y agitada, como si un elefante se habría sentado en mi pecho y perjudicaba el paso del aire. “Falta poco” me dije para no perder el aliento y volví ponerme de pie con dificultad. Golpeé mi cara con mi mano extendida con el fin de sentir dolor. Eché mis pies andar de nuevo, la cabaña quedaba del otro lado del río, pasando el puente “torcido”.
    Tropecé de nuevo, y mi cuerpo sin respuesta voluntaria se dejó vencer por la gravedad, mi pecho y cara chocaron directamente con el pasto y el frío que ya recorría mi espalda y del suelo se juntaron para hacerme sentir algo de nuevo. Sentía como mis piernas poco a paco se debilitaban, mi respiración era pausada y muy leve. El brillo de los rayos solares eran cada más tenues. El pulso de mis manos se repetía por momentos y al fondo, el sonido del río como si fuera un susurro, murmurando el flujo. Y luego silencio.
    Creo que es un buen momento para tomarme un buen descanso, dormiré un poco y al despertar de este sueño, estaré cómodamente en la cabaña, con papá equipando la camioneta para ir de cacería y con Héctor, tratando de despertarme con un mal chiste.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *