Ejercicio de escritura creativa: El detalle fuera de lugar

ejercicio de escritura creativa

Este ejercicio de escritura creativa parte de una anomalía mínima: algo no encaja en una escena cotidiana. No hay giros espectaculares; hay atención. Es simple, directo y eficaz para entrenar mirada narrativa.

Qué trabajarás

  • Atención al detalle: aprender a elegir lo significativo.
  • Construcción de escenas: un solo elemento altera todo el equilibrio.
  • Conflicto latente: la tensión nace de lo extraño, no de la acción.
  • Subtexto: el sentido emerge sin explicaciones explícitas.
  • Cómo mejorar la narrativa: precisión en lugar de exceso.

Pasos del ejercicio

  1. Define la normalidad. Elige una escena común: desayuno, trayecto en bus, sala de espera, aula. Anota cinco elementos que pertenezcan claramente a ese contexto. El lector debe reconocer la situación sin esfuerzo. Extensión: 200 palabras.
  2. Introduce lo extraño. Añade un sexto elemento que no debería estar ahí: un objeto, un sonido, una conducta. Debe ser concreto y visible. No expliques su origen. Regla clave: el narrador tampoco entiende del todo qué significa.
  3. Escribe la escena. Narra desde un solo punto de vista. Mantén frases claras y verbos activos. Cada frase debe mostrar cómo la anomalía altera la percepción, el ritmo o las decisiones del personaje. Evita interpretar; muestra reacciones físicas, pausas, miradas, cambios de conducta.
  4. Cierre por desplazamiento. Termina cuando la escena ya no puede volver a la normalidad inicial. No resuelvas el misterio. Revisa y corta explicaciones. Si el lector siente que “algo pasó” aunque no se diga qué, el ejercicio funciona.

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Comentarios

16 respuestas a «Ejercicio de escritura creativa: El detalle fuera de lugar»

  1. Avatar de Bárbara Hernández Figueredo
    Bárbara Hernández Figueredo

    Es difícil de creer que Maxihol no tenga recursos para desarrollar el proyector.
    —Necesitamos ese proyector —le dije a Sonia—, es lo que podría impulsar nuestra carrera.
    Argumento que la vieja y cansada Sonia no se tomó la molestia de responder. Tomé los planos y salí del edificio con una profunda frustración y una caja llena de sueños.
    Mientras caminaba por las pequeñas aceras de la ciudad, observé que demolían las arquitecturas coloquiales del centro. Me causó curiosidad, puesto que eran consideradas una especie de “patrimonio local”. Me distraje un poco viendo a los pequeños alimentar palomas, hasta que llegué a la casa de la abuela. Es mi pequeña «casa del árbol”: tengo mis notas, apuntes, gráficos y planos aquí.

    —¡Isnelio, corta el flujo eléctrico de la bombilla! —pidió mi abuela desde el fondo del apartamento.
    Me apresuré a obedecer su orden y divisé por la ventana unos camellos alterando el orden.
    ¿Camellos en medio de una isla?
    Algo aquí no anda bien, pensé.
    Corrían como si huir fuera su única escapatoria y, detrás de ellos, hombres con pasamontañas, extranjeros al parecer, por su vestimenta, y una lengua extraña que no era la que se hablaba en el país.
    Lograron controlar aquel desatino y los acorralaron directo a un camión con grandes contenedores, rojos con sellos de letras blancas, marcados por números de serie.
    Esto resultaba emocionante y hasta excitante en algún punto, puesto que el pueblo carecía de movimiento. Era tedioso y aburrido; nunca ocurría nada fuera de lo común.
    Embelesado en la ventana, los gritos de la señora Carley no se hicieron esperar: ¡NO HABÍA CORTADO EL FLUIDO ELÉCTRICO!.

  2. Avatar de Bárbara Hernández Figueredo
    Bárbara Hernández Figueredo

    La última campanada sonó hace cuatro minutos y las puertas no las custodia nadie, así que iré al sótano; quizás allá encuentre algo que me pueda ayudar con mi reporte.
    La humedad del lugar es evidente causada por las condiciones ambientales y geográficas de la zona, según leí. Los candiles de las columnas de los balcones parpadean con el viento.
    El sótano no tiene puertas, sólo unos estantes que bloquean la entrada.
    La sensación de asfixia mental es insoportable. Aparté los estantes y un charco de sangre golpea mi rostro como primer impacto: sangre fresca.
    Espera.
    ¿Fresca?
    El asesinato ocurrió hace cuatro días. ¿Cómo puede estar esta sangre fresca? Es imposible.
    Mi teléfono vibra y pego un salto del susto. Es un mensaje de Paty:
    “Molly, no se te ocurra ir al reformatorio. Está abandonado desde hace veinte años. La reseña que te envié es antigua.”

  3. Avatar de Estela
    Estela

    Mi gato Pascal
    Volvía a casa de la carnicería, disfrutando de esa luz blanca que tienen las mañanas, cuando al llegar a mi puerta, sonó un mensaje. Abrí la puerta hacia mi patio mientras daba play al mensaje desde mi celular.
    “¡Hola bonita! ahí puedo levantar el mensaje porque estoy de vacaciones donde no hay mucha señal…”
    Los ojos se me detuvieron en las paredes de mi patio manchadas de sangre.
    “… Por eso se me complica contestar, amor. En cuanto llegue a Buenos Aires, te envío info…”
    Las plumas aún volaban ensangrentadas. Un olor a carne fresca me hizo apretar los dedos hacia el paquete de la carnicería.
    “Me dedico a lo que es canalización, mediumnidad, registros akáshicos y terapias energéticas…”
    Uno de los cadáveres estaba invadido de moscas.
    “… Te aclaro que soy espiritual energética pero no holística…”
    Al escucharme entrar, el gato levantó su cabeza de la presa. Pascal dijo: me llamo Ulises. Luego, volvió a su comida.
    “… Te mando un abrazo, y que tengas una linda semana.”
    No dije palabra. Temblé mientras le acercaba un pote con agua a Ulises. Luego puse mi falsa caza en el freezer y apagué el celular.

  4. Avatar de Emily Onofre
    Emily Onofre

    Veinte minutos.

    Tenía solo veinte minutos para terminar de comer y volver a la oficina; a veces, esos veinte minutos se agotaban antes de llegar a la posada de su amiga Taty. Llegó esa tarde, bajo la lluvia, con mucha hambre. El esposo de Taty le sirvió la entrada. Ella asintió agradecida, con una sonrisa.
    Miró el reloj en la pared: estaba sin pila. Miró el celular. Ya habían pasado doce minutos. Se quitó la chaqueta empapada y empezó a comer. Camarones en salsa de pesto. Qué raro, pensó. Levantó la vista. La posada estaba repleta; la gente parecía enfadada. No veía a Taty por ningún lugar.
    Una de las meseras tropezó y cayó con los platos servidos. Ella se levantó a ayudar. Cuando todo quedó recogido, notó el piso manchado: marcas oscuras, marrones. Volvió a su mesa con las manos húmedas.
    Los veinte minutos ya se habían terminado y apenas le sirvieron la sopa. La revolvió con la cuchara. Aparecieron pedazos enormes de queso flotando en el caldo. Se detuvo.
    Taty nunca olvidaba quitar el queso para ella.
    El murmullo del lugar le pareció más alto. Miró otra vez el reloj detenido.
    —¿Dónde está mi amiga? —le preguntó a un mesero.

  5. Avatar de Mary Méndez
    Mary Méndez

    El regalo.
    Mi auto se había averiado, hoy toca transporte público. El autobús estaba lleno, saturado de ruidos y aromas matutinos. Me apretujé contra una ventana, tratando de evitar los golpes y empujones.
    El ambiente era una sinfonía caótica:
    Al fondo, un niño lloraba mientras la madre intentaba calmarlo sin ningún resultado.
    Justo frente a mí, dos mujeres de mediana edad hablaban animadamente sobre el precio de los alimentos y la falta de ofertas en el supermercado.
    Cerca de la puerta, tres hombres, discutían con pasión sobre el partido de anoche, interrumpidos por la tos ronca de uno de ellos que eclipsaba los argumentos de los demás.
    Sentí el estómago revuelto.
    Entonces algo extraño llamo mi atención, en el pasillo, alguien había dejado una caja blanca con un gran moño rojo, tenía un envoltorio demasiado impecable, como para estar allí. No era deducible su contenido y no había dueño visible.
    De repente, un frenazo ligero pero firme del conductor rompió mi trance. El golpe me hizo inclinarme hacia adelante. En ese instante, las mujeres dejaron de hablar, el hombre de la tos se calló por un momento, y una oleada de niños pequeños se abalanzó hacia la puerta.
    El bus continúa su ruta, aunque la normalidad ya no regresaría. La caja permanece silenciosa, y cada mirada que la roza altera el ritmo del viaje. Algo ha sucedido, aunque nadie pueda explicarlo.

    1. Avatar de Carolina Lizarazo Torres
      Carolina Lizarazo Torres

      Muy ocurrente y con intriga. Me gustó mucho la descripción de la atmósfera, ver lo que pasaba en el autobús. Me pregunto que habrá dentro de esa caja puesta como regalo en un lugar poco convencional. Gracias Mary

  6. Avatar de Carolina Lizarazo Torres
    Carolina Lizarazo Torres

    VUELO ETERNO

    Ante la última discusión, Emilia compró el billete de avión para escapar de su caótica realidad matrimonial. Ese viaje la haría olvidarse de todo. Ya no había marcha atrás.

    Mientras esperaba en la puerta de embarque, recibió un mensaje de su marido: “No te vayas, un viaje no siempre es la mejor idea”. Tras leerlo, apagó el teléfono.

    Al iniciar el recorrido por la pasarela que conecta al avión, sus nervios se transformaron en una melancólica felicidad mientras los viajeros que caminaban a modo de bandazos coléricos se perdían a lo lejos.

    Cuando llegó al final del pasillo se desconcertó, al comprobar que no había acceso a un avión, solo aire y vacío, como si junto con los otros pasajeros se fueran acercando al borde de un precipicio.

    Lo que vio después fue peor. Cada pasajero que iba delante suyo se lanzaba al vacío, como autómatas que se desplomaban desde lo alto de una montaña.

    Mientras respiraba con el corazón en la garganta, un hombre uniformado apareció por detrás. — Solo falta usted, le dijo.

    — ¿Es esto una broma? No pienso saltar. — Es normal tener pánico a las alturas. Tranquila, la tripulación le hará una condescendencia. Con una reluciente sonrisa el hombre la empujó. Al fin y al cabo, eso era lo que ella quería, olvidarse de todo.

    1. Avatar de Tatiana Diaz Henao
      Tatiana Diaz Henao

      Esta muy bueno tu cuento Carolina, felicitaciones!

      1. Avatar de Carolina Lizarazo Torres
        Carolina Lizarazo Torres

        Muchas gracias Tatiana! 😊

  7. Avatar de Tatiana Diaz Henao
    Tatiana Diaz Henao

    Peperina

    Mi escritorio de trabajo es simple. Tengo encima de una mesa blanca todo lo que necesito para desarrollar mis labores diarias. Un computador portátil, el celular por si debo llamar a algún cliente, el típico calendario de paisajes que de seguro nunca visitaré por falta de tiempo, un tarro con esferos de colores y mi agenda, siempre abierta. Me gustaba presumir de vez en cuando en redes sociales el espacio que había creado dentro de mi habitación para trabajar.

    Alonso, mi mejor amigo, me insistía que a ese espacio le faltaba algo, así que me regaló un retrato ampliado en vidrio la portada del álbum peperina de Serú Giran. Me emocioné mucho al verlo y en agradecimiento lo puse al lado de mi computador, cual foto de mi familia.

    Una noche, redactando un informe, sentí un movimiento extraño en el cuadro. La mirada seria de la joven se había transformado en una sonrisa de grandes dientes y la sopa de tomate se convirtió en sangre y vísceras.

    De repente la sangre y viseras de la cacerola se comenzaron a regar por mi escritorio. Mis manos se mancharon completas de ese líquido viscoso que goteaba por los bordes de la mesa. Trataba de contener el reguero, pero era imposible, mientras la joven peperina miraba complacida mi desespero.

  8. Avatar de Pablo Arellano
    Pablo Arellano

    Antes de que el profesor llegue, desde el asiento de atrás el Enríquez me sacude del hombro. Toda la mañana logré ignorarlo hablando con el Huertas cuyo asiento es delante mío. Volteo, presiento lo que va a decirme, pero me equivoco. Tu cuaderno de matemáticas me dice. ¿Cómo es que no habla de lo que pasó ayer? ¡Rápido! Me despierta del ensimismamiento. Le entrego mi cuaderno sin mencionar lo otro. Él se apura a copiar el deber antes de que sea la hora.
    Él me devuelve mi cuaderno justo cuando la voz grave del profe interrumpe todo el chismoseo de mis compañeros. Hacemos la corrección del deber. El profe elige “voluntarios” para hacerlo. Regreso a ver al Enríquez y lo veo concentrado en su cuaderno. Como si las matemáticas le interesaran. Ahora yo quiero tomarlo por los hombros y decirle que me hable. Pero no lo hago. Miro sin querer por la ventana la arboleda dentro del cerramiento y, más lejos, el bosque en la montaña. Sacudo la cabeza. En mitad de la clase el Enríquez me susurra. Doy la vuelta y veo un cabello blanco y largo, tan largo que el Enríquez lo mantiene enroscado en su mano temblorosa.

  9. Avatar de Miss Yaguarlocro
    Miss Yaguarlocro

    Las arañas y las bufandas
    Por Mis Yaguarlocro

    El jardín estaba lleno de flores de muchos colores. Las arañas vivían en los rincones húmedos y oscuros, por lo que Ara y sus amigas decidieron emprender un negocio. Lo planearon: hablaron con los sapos, alacranes, ciempiés y orugas.

    —Vamos a tejer unas bonitas bufandas de colores —dijeron.

    Todos apoyaron su idea. Recogieron pétalos de colores, tiñeron el hilo y ¡manos a la obra! Eran expertas. Las bufandas fueron saliendo suaves y perfumadas; la fábrica de bufandas tenía éxito.

    Una noche muy oscura, Ara dejó de mover sus patas arañosas llenas de pelos negros y salió al jardín. Vio con sus ojos salidos una nave con colores brillantes. Desde la puerta, alguien le decía: «Ven». Ella caminó despacio, pero firme; corrió, se subió a la nave y esta se elevó al infinito.

  10. Avatar de Carlos Arellano-Caicedo
    Carlos Arellano-Caicedo

    Despierto temblando y sudando frío. Abro el cajón de mi velador, mi pistola sigue ahí. Mi esposa a mi lado me pregunta si me pasa algo, le digo que seguramente algo me hizo mal. Nuestro hijito entra a la oscuridad del dormitorio medio dormido, nuestras voces lo habían despertado.

    Ese sueño que me atormentaba era un recuerdo de la guerra: mi pelotón y yo estábamos secuestrados en un destacamento peruano. Mi conocimiento de nudos me ayudó a liberarme. Pero al hacerlo, me di cuenta de que debía asesinar a sangre fría y en silencio a cada uno de los secuestradores para liberar a mis hombres. No fui capaz de tal acto de crueldad y decidí escapar. Al cabo de tres días que vagué por la selva llegué a un puesto avanzado ecuatoriano donde me alimentaron. Ahí me enteré que tras mi escape todos mis hombres habían sido fusilados por los peruanos.

    Desde entonces la culpa hacía que esa noche se repitiese, pero cuando era el momento de tomar la decisión, me despertaba alterado como ya expliqué.

    Una noche, al despertar de la pesadilla y abrir el cajón de mi velador, me di cuenta de que mi pistola no estaba. De inmediato regresé a ver a mi mujer para despertarla pero ella había desaparecido. Salí temblando y a oscuras de la habitación. En las sombras pude distinguirlos. Eran ellos, habían vuelto y tenían mi arma. Esta vez no los perdoné.

  11. Avatar de Gastón
    Gastón

    Dos Noches

    Durante mi habitual y solitario recorrido de noche por la plaza del pueblo, he visto toda clase de sujeto pasar por la comisaría que esta al frente, sí, es un pueblo chico, la plaza aún mas, pero tiene su encanto; rodeada de edificios; El jardín de infantes, la Posta, el vivero, la iglesia y la sala velatoria. Como dije he visto un desfile de atorrantes pasar por la puerta de la comisaria; como cuando a Don Nicador lo bajaban del patrullero, vi a La Morocha entrar y salir luego de unas horas, las bataolas que se armaban cuando secuestraban las motos con la gente gritando en la comisaría, y en un par de ocasiones (en la segunda tuve que hacer la vista gorda porque confirme que era él) Vi al cultivador de hierbas raras, desde entonces cada vez que paso por frente de la puerta abierta me veo obligado en saludar con un vago asentamiento de cabeza. Ningún caso  en lo que yo debiera entrometerme, he optado por el silencio, y a esta edad, lo que deviene es la soledad, paz inquebrantable como esta plaza pasada la medianoche. Que ha tenido aislados casos de despelotes! No cabe duda, pero se mantiene firme. Por eso no fue sorpresa cuando vi al Payaso Tecnicolor, o creo que era él, por supuesto no llevaba maquillaje ni su peluca de afro arcoiris, pero los gritos que pegaba me hacían recordar cuando andaba por las calles vendiendo globos. Más imposible se me hizo distinguir su voz con los bocinazos de vehículos llegando a la sala velatoria, para mí sorpresa vi a la familia de Ruben bajar de su auto, pensé que se iban a la comisaría, pero su trayecto apenado era a la sala velatoria, así fue con sus padres y suegros también. Qué moco se habrá mandado Ruben ahora. <> creí distinguir con la llegada del cajón, los alaridos de la comisaría no dejaban de cesar.
    <>
    Fue lo poco que logré oír de una pareja que estaba a mi derecha ignorando lo que sucedia a pocos metros, como si los gritos de Elisa chocaran justo en el medio de la plaza con los alaridos del sujeto de la camisaria para luego rebotar y no cruzar la otra mitad de la plaza. > escuche desde lo profundo de la comisaría. Finalmente los gritos sesaron de ambos lados, cuando pase por la comisaría eche un vistazo por la puerta abierta y note que no eran los mismos policías de hace unas horas.

    1. Avatar de santoago90

      Has creado buena atmósfera, ritmo y claridad. Espero que el próximo directo leer un texto tuyo en vivo. Sigue así.

  12. Avatar de Jose Andrés Morales
    Jose Andrés Morales

    Él notó el cuarto tenía algo distinto, su vista detallista recorrió cada rincón de aquel cuarto de paredes blancas, sin ninguna ventana, y las sillas metálicas acomodadas perfectamente una frente al otro. El reloj de la pared hacía su sonido particular con cada pasar del segundo, el chico observó por último la limpieza del piso, blanco y reflejaba una distorsión en su cara por la granularidad del suelo.
    El chico movía repetidamente su pierna derecha. Parecía que tuviera un resorte en su talón. Entonces supo que algo resaltaba su atención, su mirada ahora estaba fija en la esquina inferior derecha. Respondía las preguntas de manera habitual.
    — En todo caso, diría que Dios es el único que nos puede juzgar, somos forma y no forma, en este último, él se yace sobre nuestra existencia y la visión del amor, es lo que nos define — exclamó.
    — Entiendo, ¿Qué pensarías si te dijera, que toda forma tiene su naturalidad de Ser, y qué esta misma forma debe ser correspondida por espacio y tiempo? — preguntó el psiquiatra.
    El chico abrió la boca para responder, pero se detuvo de golpe cuándo vio ese crucifijo metálico con un cristo bañado en plata, prendía fuego y el rostro de su salvador, lloraba sangre… él saltó de golpe hacia atrás, sujetó su pecho con fuerza, perforando sus uñas poco a poco en el pecho, un breve riachuelo de sangre brotaba de ese apretón. Con lágrimas en los ojos, su respiración agitada, las pulsaciones se incrementaban con los flashbacks de ver a ese mismo Cristo que fue regalo de su abuela Matilde cuándo él tenía 6 años, que lo recostaba la misma forma en su dormitorio. Mismo espacio que era invadido por esa figura sombría que sujetaba al chico con la cara pegada a la almohada, sus brazos retenidos por la fuerza de la sombra y sus piernas sentían el hormigueo de esa repetida acción.
    — ¡NOOOOOOOOOOOO, DIOS NO ESTÁ AQUÍ! Exlcamó con rabia. Tomó la silla y con la inercia que aterrizan los aviones, la aventó a esa esquina… cerró los ojos con fuerza y al abrirlos, seguía en la misma habitación donde fue internado.

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