Un narrador es una estrategia. Detrás de cada narrador, incluso el más transparente, hay una voluntad, una intención oculta. Y entender eso puede transformar lo que escribes.

El narrador como artificio: no hay neutralidad
En los cuentos de Edgar Allan Poe, el narrador suele estar al borde del delirio. En La caída de la Casa Usher, por ejemplo, no sabemos si lo que ocurre es sobrenatural o producto de una mente perturbada. Ese no-saber es una decisión formal. No hay objetividad. Hay una voz construida para que dudemos.
Esto se repite en Kafka, donde el narrador, incluso en tercera persona, parece estar al servicio del absurdo. En La metamorfosis, nadie cuestiona que Gregorio Samsa se haya convertido en insecto: el narrador no lo juzga, pero eso no lo hace neutral. Esa aparente normalidad es la clave del extrañamiento.
Y sin embargo, en muchos ejercicios de los talleres, los escritores novatos tienden a usar un narrador omnisciente como comodín. Como si la tercera persona “lo supiera todo” y no tomara partido. Pero incluso ahí hay un deseo oculto.
¿Qué quiere tu narrador?
Esta es una de las preguntas centrales de la teoría contemporánea del relato: ¿qué quiere ese narrador? ¿Por qué nos cuenta esto y no otra cosa? En un taller de escritura creativa, aprender a identificar esa motivación cambia por completo el trabajo con el punto de vista.
Un ejemplo clásico: Madame Bovary, de Flaubert. El narrador se distancia, pero poco a poco vemos que se filtra en la sensibilidad de Emma. No la juzga, tampoco la defiende. Es un narrador irónico. Esa ironía, ese tono, es también un juicio estético sobre el mundo.
Otro caso radical: Las palmeras salvajes, de William Faulkner. Dos narradores que parecen oponerse: uno cuenta una historia de amor desesperado, el otro una historia de castigo. Ambas voces tienen su propia lógica, su propia verdad. Y ambas ocultan algo: su necesidad de justificar el dolor.
Consejos para trabajar el narrador desde la práctica
- Haz que tu narrador tenga una motivación secreta. ¿Por qué cuenta esto? ¿A quién? ¿Qué omite?
- Prueba cambiar el punto de vista. Reescribe un párrafo en primera, luego en tercera. ¿Qué se gana? ¿Qué se pierde?
- Trabaja el tono como una emoción. ¿Es irónico, melancólico, ansioso, frío?
- Lee en voz alta. Escuchar el texto ayuda a descubrir incoherencias en el punto de vista.
¿Y si el narrador miente?
En El corazón delator de Poe o en Bartleby, el escribiente de Melville, el narrador no solo oculta: también distorsiona. Es una elección estética. Este tipo de narradores no confiables se trabajan con especial atención, porque permiten introducir capas de ambigüedad en el texto.
El narrador que miente nos obliga a desconfiar, a reconstruir lo que está detrás. Y eso, en términos narrativos, es poderoso. Le da al lector un rol activo. Hace que lea con sospecha.
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