Ejercicio de escritura creativa: Objeto que cambia de manos

ejercicio de escritura creativa

Vas a practicar construcción de escenas y conflicto simple con una regla única: un objeto debe cambiar de manos. Tú eliges personajes, lugar y desenlace. El objetivo es claridad: que el lector entienda qué sucede, por qué sucede y qué consecuencia deja el intercambio.

Instrucciones del ejercicio

  1. Elige dos personajes y un lugar real que conozcas.
  2. Decide qué objeto cambiará de manos y por qué importa.
  3. Escribe 200–300 palabras centradas en el intercambio. Muestra acciones y diálogo; evita explicaciones internas.
  4. Revisa: el intercambio altera la situación de al menos uno y queda claro quién gana o pierde algo.

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Comentarios

14 respuestas a «Ejercicio de escritura creativa: Objeto que cambia de manos»

  1. Avatar de Marcelo
    Marcelo

    La Virgen de la Inmaculada Concepción había acompañado a mi madre toda la vida. Un cuadro enorme, bordado en hilos de oro y plata, incrustado de piedras, imposible de pasar desapercibido. Yo lo conocí tarde, cuando ella me lo mostró en plena pandemia, con la voz baja y el barbijo colgando.

    Meses después, un accidente doméstico la obligó a mudarse a una residencia. La casa vacía pedía decisiones, y frente al cuadro, mi hermano habló primero:

    —En casa no hay lugar para semejante cosa —dijo, cruzado de brazos.

    Lo miré. Tenía razón. La Virgen era demasiado grande para cualquier pared común. Y sin embargo, no era cualquier objeto.

    —Tampoco en la mía —respondí, casi en un susurro.

    El silencio nos pesó. Al fin, él dio un paso atrás y murmurò.

    —Quedátelo vos. Al fin y al cabo, fuiste el que estuvo con mamá cuando lo mostró.

    Acaricié el marco frío, pesado. No lo elegí: cayó sobre mí como esas herencias que no se pueden discutir. Lo cargamos entre los dos hasta mi coche, cada movimiento acompañado por los ojos bordados que parecían vigilarnos.

    Esa noche lo colgué en la única pared libre del living. Esa misma noche, al volver del mercado la Virgen me recibió, parecia decirnos a toda la familia, «tranquilos Yo quise venir», nuestro perro desde entonces durme echado al pie de su marco, con o sin su colchoncito.

    ¿Quién ganó, quién perdió? Lo único seguro es que el cuadro cambio de manos.

  2. Avatar de Mary Méndez
    Mary Méndez

    La biblioteca estaba vacía, salvo por el murmullo del ventilador. Adrián esperaba junto a la sección de historia, con la carta doblada en el bolsillo de su chaqueta. Charlotte entró sin saludar, con los ojos clavados en él.

    —¿La tienes? —preguntó, sin rodeos.

    Adrián sacó la carta y la sostuvo entre dos dedos, sin entregarla aún.

    —¿Estás segura de que quieres leerla? Todo podría cambiar.

    Charlotte se acercó, sin titubear.

    —Mi padre trabajó aquí. Si ese profesor escondió algo sobre él, quiero saberlo.

    Adrián la miró un segundo más. Luego extendió la mano. Charlotte tomó la carta con firmeza, como si fuera una llave.

    Abrió el sobre con cuidado. Leyó en silencio. Su rostro se tensó.

    —¿Esto es verdad? —susurró.

    —Lo encontré en el cajón del archivo, detrás de los expedientes de 1998. El profesor Ortega lo dejó ahí. Menciona a tu padre… y al mío.

    Charlotte apretó la carta contra el pecho.

    —Dice que ellos sabían del laboratorio oculto bajo el auditorio. Que lo financiaron, ¡no puede ser posible!.

    Adrián asintió.

    —Y que lo cerraron después del accidente. Nadie habló. Nadie investigó.

    Charlotte guardó la carta en su mochila.

    —Esto cambia todo. Mi madre siempre dijo que papá era inocente.

    —Y el mío murió sin decir una palabra —respondió Adrián.

    Charlotte se giró hacia la puerta.

    —Gracias por confiar en mí.

    —Ahora tú tienes la verdad —dijo Adrián, quedándose solo entre los libros.

  3. Avatar de Tatiana Diaz Henao
    Tatiana Diaz Henao

    El jaguar
    Completábamos tres días limpiando la casa de mi padre que pronto se mudaba a una casa para ancianos cuando encontré un rifle oxidado. Nunca lo había visto en casa, por lo que me acerqué a preguntarle por él:
    —Manuel, y ¿esto?
    —Era el viejo rifle de su abuelo.
    —¿Por qué nunca supimos de él?
    Un silencio invadió el espacio, que ya era bastante amplio entre los dos.
    —¿Mamá sabía de él?
    —Ella siempre sabía todo de mí. Además de las razones por las que nunca quise que lo tocaran.
    —¿y cuáles fueron esas razones? Seguro de niño me hubiera encantado usarlo…
    —Usted dice eso porque nunca ha visto la muerte de frente. Recién había cumplido los doce años cuando su abuelo me levantó para enseñarme a cazar. Me dijo “Mijo, hoy se va a hacer hombre”. Ese día, recuerdo que nos metimos bien adentro en la manigua y yo, más que emocionado estaba muerto del susto. Nos ubicamos en un punto donde él sabía que pasaban los jaguares y nos pusimos a esperar.
    —Y luego ¿qué pasó?
    —Pues que apareció un jaguar y su abuelo me puso el rifle en posición. Yo no quería verlo. Era un animal tan hermoso que me parecía un crimen matarlo. Le alcancé a decir que no quería hacerlo y me dio un cocotazo que me hizo llorar. “Usted es marica o qué le pasa” me respondió.
    —Y ¿sí disparó?
    —Su abuelo me presionó tanto que lo hice, aunque cerré los ojos para no ver el disparo.
    —Y ¿le dió?
    —Lo peor fue que sí. Nos acercamos a ver el animal y no había caído del todo muerto. Sus ojos me miraban preguntándome el por qué y yo no sabía qué decirle. Aún respiraba con dificultad y su abuelo me obligó a rematarlo en la cabeza. Pobre animal.
    —¿Por qué nunca me había contado esa historia?
    —Pero pa’ qué se la iba a contar… cuando su abuelo se murió, yo simplemente la guardé y prometí nunca someterlos a usted ni a Abelardo a esa salvajada.
    El silencio nos volvió a abrazar, pero esta vez se sintió diferente.
    —Voy a seguir limpiando la bodega a ver qué más vainas raras encuentro de usted.
    Mi papá sonrió.

  4. Avatar de Miss Yaguarlocro
    Miss Yaguarlocro

    El RAMO

    El timbre del apartamento en el sexto piso sonó varias veces. Claudia abrió la puerta y miró el gran ramo de flores —Entrega urgente— dijo el Uber. Ella no comprendió, pero sabía que lo compraron en la florería de la esquina, pues al regresar de su trabajo lo miró en la vidriera, era bello, estaba fresco, perfumado a rosas y la tarjeta decía “Para ti, mi amor”.
    El repartidor le hizo firmar y salió a prisa, —Señor…señor… yo …yo… yo no tengo amor esto no es para mí— guardó el ramo en la mesita de la entrada de su apartamento.
    El olor a rosas inundó el lugar, ella disfrutó el sentir las flores y los recuerdos de tiempos pasados.
    A los tres días suena el timbre, era una joven bonita con gafas oscuras
    —Hola he venido varias veces recién te encuentro ¿Tienes mis flores? — dijo enojada la joven
    —Sí, aquí están—
    —Gracias, me las llevo—
    —Terminé con mi novio porque me imaginé que tenía otro amor, todo se acabó, vivo en el edificio de al lado—
    —No es culpa mía el Uber lo trajo—

  5. Avatar de Stephie E.
    Stephie E.

    Había que sacar la USB del Palacio de San Carlos como fuese. Él no podía hacerlo: los controles de seguridad a la salida se lo impedirían. Saludó a la Ministra con un fuerte apretón de manos y le entregó la memoria que contenía el listado de todos los sobornos y transferencias ilícitas que se habían cometido bajo su beneplácito. Ella, otrora su más férrea detractora en sus días de senador y ahora encargada provisional de las relaciones exteriores de aquel moridero selvático, recibió el saludo y la mano sudorosa que apretaba la USB. La guardó discretamente en el bolsillo izquierdo de su vestido gris.

    No volverían a verse hasta el evento en la Embajada de China, donde compartirían la mesa principal.

    — ¿La trajiste?
    — Si te refieres a mi carta de salida del país, aquí la tengo. Viene envuelta en forma de USB.
    — No juegues con eso, Mérida. Sabes todo lo que nos ha costado llegar hasta acá; tener el poder para cambiar el establecimiento tiene su precio.
    — Bastante alto para mi gusto, pero igual me la quedo. No pude desencriptarla y te repito, por ahora es mi carta de salida.
    — Estamos en campaña, sabes que es importante para que el partido continúe en el poder.
    — Te enterarás cuando la abra. Por ahora, te esperan para inaugurar la velada, señor Presidente.

  6. Avatar de Carolina Lizarazo Torres
    Carolina Lizarazo Torres

    Carolina L.

    Iba tarde, como de costumbre. Ni el frío intenso de la mañana lograba hacerlo despertar del todo, siempre le había costado madrugar. En medio del aletargamiento y mientras esperaba el bus 78 que ceremonialmente lo llevaba al trabajo, la vio en la acera del frente.

    A pesar de la recurrente indiferencia de su vecina, la mañana se le iluminó cuando pudo contemplar a Violeta, quien solía tomar el mismo bus, pero ese día prefirió caminar. – Se va a subir o no?, le preguntó el conductor del bus, que ya llevaba un rato estacionado. – Claro, claro, respondió Miguel, quien no dejaba de ver a su vecina, cuya silueta se fue perdiendo en la distancia.

    Al subir, se sentó en el único asiento que estaba libre. Su compañera de puesto fue una mujer de alma triste, quien tenía la mirada hundida en un ramo de rosas rojas que sostenía en el regazo. Durante la mayoría del trayecto, Miguel se quedó observando la silenciosa conversación entre la sufrida mujer y aquel ramo.

    –— Qué le pasará? Se preguntó. Qué le habrán hecho esas pobres flores…En eso pensaba cuando ella, con su rostro de lágrimas, y una sonrisa de melancolía le dijo: — Perdone, me las puede tener un momento mientras me levanto? Ya me tengo que bajar. —Si, claro, respondió Miguel, las tomó con extremada delicadeza, y giró las piernas hacia un lado para que ella pasara.

    Tardó en reaccionar, cuando se dio cuenta que la mujer se había bajado sin las flores. Tomó una bocanada de aire, y mientras contemplaba el descarado abandono, se le antojó completamente imposible deshacerse de ellas, las que lo acompañaron en su jornada laboral y en el recorrido del bus 78 de regreso a su casa.

    Cuando la vio subir, sintió que el mundo se había quedado en una quietud absoluta. — Lindas flores, le dijo ella. Puedo sentarme junto a usted? Miguel le sonrió, al igual que a esas flores, que ya no eran tristes, porque un aire de Violeta había llegado para cambiarles el destino.

  7. Avatar de jaime
    jaime

    A la hora del almuerzo en el colegio siempre me hacía con Santiago en la primera hilera del coliseo, el miraba con tristeza su bolsita de arroz con huevo que su mamá le empacó en su maleta
    Con vergüenza miré mi sanduche de jamón y queso doble carne y lechuga que casi no cabía en mis manos.
    Hubo un momento en donde con una cara de niño el me dio casi media bolsa de su arroz con huevo.
    Y yo no supe como retribuirle el gesto
    Solo cuando una paloma se comió mi sanduche entendí que todos quedaríamos saciados
    Después supe que el padre de Santiago era un chofer de camión de esos grandes que van por todo el país y que en medio de uno de sus viajes una paloma se sentó en la trompa del motor con un sanduche en el pico
    Como pudo lo tomó y se lo dio a una vaca.
    A los días la vaca tuvo un ternero que gracias al sanduche vivió los primeros minutos de su vida.
    Santiago nunca supo que su arroz con huevo estaba delicioso, mejor que mi sanduche
    La paloma puso huevos y nacieron polluelos alimentados entre la boñiga de la vaca y la ropa sudada de su padre.

  8. Avatar de Angeles Mariles
    Angeles Mariles

    Oscilaciones
    Recuerdo esa noche: caminábamos por la nueva colonia Santa María la Ribera. En esos años yo estudiaba medicina. Estábamos reunidos para una velada especial en el salón de una moderna casa. La tenue luz de un par de velas apenas nos dejaba distinguir las sillas alrededor de la mesa.
    Un pequeño grupo: mi amigo, maestro de escuela, interesado en la “ciencia del alma”; el anfitrión, abogado liberal con levita oscura; su esposa y su hermana, con peinetas a la moda; finalmente, el médium, una joven señorita.
    Sentados todos, comenzó la sesión. El anfitrión sacó una esfera de cuarzo de una cajita, enhebró un fino hilo por el orificio y roció la pieza con agua bendita. El péndulo estaba listo.
    Manteníamos las manos sobre la mesa, concentrados en nuestras preguntas. Elevamos una plegaria al Espíritu Santo. Yo miraba a los demás con curiosidad e incredulidad…
    El anfitrión, con gesto confiado, tomó el péndulo entre el índice y el pulgar. Lo sostuvo inmóvil un momento; el médium lo guiaba con la mirada. De pronto, osciló hacia adelante y atrás. Él sonrió ligeramente y lo pasó al siguiente participante.
    Era el turno de una dama. Con los ojos cerrados y la respiración contenida, sostenía el péndulo. Este se movió de derecha a izquierda. Ella abrió los ojos, exhaló aliviada y lo entregó a la siguiente persona.
    La atmósfera se tornó policromada, un tapiz de duda, fe y escepticismo. Así fue pasando el péndulo de mano en mano.
    Llegó mi turno. Lo sostuve con firmeza, aunque confieso que me sudaban las manos. Pensaba en aquello que me preocupaba. El péndulo trazó un movimiento circular; la mirada del médium me tranquilizó: todo estaba bien.
    Cuando el péndulo volvió al anfitrión, hicimos una plegaria de agradecimiento. Los rostros antes nerviosos y tensos mostraban sonrisas y fe renovada. Una calma profunda nos envolvió… y la certeza de que no estábamos solos.

  9. Avatar de Marina B.
    Marina B.

    Bucle de medianoche.

    Era media noche. Salí del trabajo agotado, cargando mis herramientas que pesaban el doble en la mochila. La calle estaba silenciosa; solo se escuchaba el arrastrar de mis zapatos sobre el pavimento. Me faltaban unas cuadras para llegar a casa.

    Un aire frío me hizo cubrirme el rostro, y al descubrirlo, alguien estaba frente a mí. Su rostro estaba oculto bajo una capucha. Di un brinco de susto y llevé la mano al bolsillo, listo para sacar mi teaser.

    Solo extendió la mano, ofreciéndome una caja pequeña.
    —¿Qué es esto? —pregunté.
    —Ahora te pertenece —dijo, con una sonrisa apenas visible—. Soy tú… no me creerás si te lo explico.

    Tomé la caja. Se dio la vuelta y un aire helado me cegó. Cuando parpadeé, estaba solo de nuevo. La caja estaba en mis manos; dentro sonaba algo que se movía.

    Llegué a casa y la abrí: era un reloj antiguo, detenido. Reí, pensando: “Vaya regalo.” Pero al sacarlo, comenzó a moverse de manera incontrolable. Una ola de vértigo y recuerdos me envolvió.

    De pronto, estaba otra vez en la calle, caminando cansado. Todo se repetía. El reloj me atrapaba en un bucle. No sabía cómo detenerlo. Solo pude mirarme a mí mismo, poner el reloj en la caja… y entregármelo de nuevo. Quería saber si algún día esto terminaría.

  10. Avatar de Mabel Montoya
    Mabel Montoya

    Objeto cambia de manos:
    Es la Gran Manzana, la ciudad donde se mezcla gente de todo el mundo en busca de una mejor vida…allí la hora pico se convierte en un caos, miles de personas salen de sus trabajos, las calles se congestionan, la gente camina apresuradamente…es el momento perfecto que siempre aprovecho con mi amigo para escoger una victima…hemos entrenado cientos de horas, la rapidez y sutileza de nuestros movimientos son la clave para nuestro éxito…en medio de la congestión y el tumulto pretendo tropezar con alguien, es un joven ejecutivo que va con su maletín y un ramo de flores, al tropezar con el sutilmente sustraigo su billetera, me excuso por el tropiezo y sigo mi camino convencido de haber tenido éxito…pero el joven reacciona al darse cuenta del hurto y me empieza a perseguir…grita, alto, es un ladrón…cuando me alcanza yo ya no tengo nada pues le había dado la billetera a mi cómplice quien salió corriendo en la dirección opuesta con tan mala suerte que tropezó con un policía que observaba lo ocurrido; este lo tomó de la solapa le quitó el botín y lo devolvió a su dueño, diciéndole estos son ladronzuelos que acostumbran a hacer esto, son arrestados y salen pronto por falta de leyes fuertes…mientras tanto mi compañero y yo maldecíamos la botella de aguardiente que habíamos tomado la noche anterior.

  11. Avatar de Carlos Arellano
    Carlos Arellano

    Elegimos el último finde de Julio para bucear en el lago Attersee. Lo elegimos por lo cerca que quedaba: nadie podía encargarse de Nadia, nuestra hija, por más tiempo. Mateo estaba escéptico, pero finalmente lo convencí.
    -Qué vergüenza que teniendo una esposa profesora de buceo, jamás hubieses buceado.
    El día estaba caluroso y el agua se veía más clara que en otros años. Expliqué a Mateo las técnicas, cómo ver cuánto oxígeno quedaba y cosas así. Una vez puesto los equipos nos sumergimos, yo adelante, indicando la ruta mientras nos adentrábamos al oscuro fondo. Después de unos minutos Mateo me alertó que su oxígeno estaba bajo. Le dije que no se preocupara, que siguiéramos.
    Cuando ya todo era oscuro y apenas alcanzamos a ver el fondo del lago donde había un carro hundido hace años, lleno de algas amarillentas, Mateo volvió a mover sus brazos. Me indicaba su medidor de oxígeno. No le quedaba casi nada, menos de un minuto de oxígeno. Pero él, como principiante, no sabía traducir oxígeno en minutos de aire.
    No tenía mucho tiempo. Me apresuré a sacar mi celular a prueba de agua, en el cual tenía listo el mensaje: “Sé lo que le hiciste”. Noté cómo Mateo lucía confundido, por la oscuridad, el oxígeno, el mensaje.
    Deslicé para mostrar el siguiente mensaje: “No vas a salir vivo”. Fue entonces que Mateo, sin saber qué pasaba, con el aire agotado, empezó a patalear hacia la superficie. Pero era imposible, estábamos a diez metros de profundidad.
    Nadé rápidamente hacia él y lo sujeté. A pesar de estar alterado logré que me viera. Le ofrecí mi oxígeno. Me quité el respirador y se lo di. Sus ojos se llenaron de alivio, de esperanza. La vida que había pasado frente a él había vuelto.
    Pero solo por un instante. Pronto se dio cuenta que el tanque que le di apenas tenía aire. Para esto, yo ya estaba casi en la superficie y él, aún a 8 metros y sin oxígeno ni experiencia que le ayudara a salir.
    Confieso que tuve que resistirme a la idea de solo matarlo al enterarme lo que le había hecho a nuestra hija. Pero matarlo no era suficiente. Debía matarlo, darle esperanza, y dejarlo morir, esta vez para siempre.

  12. Avatar de Pablo Arellano
    Pablo Arellano

    El vinilo

    Nos vimos con mi primo Alberto en un bar por el centro. No lo veía hace mucho tiempo. Era imposible saber cómo lucía ahora, pues no tenía redes sociales y apenas iba a las reuniones familiares. Estaba más delgado y con barba escasa. Después de unas cuantas cervezas, me preguntó sobre el contenido de la bolsa que llevaba conmigo:
    — Es un vinilo
    — Déjame verlo

    En ese instante pude ver aún en esos ojos de niño a mi primo que recordaba. Saqué el disco y se lo mostré.
    — Uf! Led Zeppelin. Pero, aguanta, ¿no es el disco de nuestro tío?
    — Sí, ¿aún te acuerdas?

    Los dos lo pasábamos escuchándolo cuando éramos niños, y lo cantábamos sin saber inglés. Creo que por él a ambos nos empezó a gustar el rock. Luego venía nuestro tío a sentarse junto a nosotros y nos explicaba cada canción.
    — Quiero regalártelo
    — ¿Qué hablas? ¿Por qué? Pero si es el único recuerdo que tienes de nuestro tío.
    — No lo escucho tanto, y sé que te encanta Led Zepellin.
    — Pero hace años te pedí el disco para que me lo regalaras. ¿Qué cambió?

    Cuando nos despedimos, lo vi subirse en el bus con el vinilo en sus brazos. Yo regresé un poco borracho a la casa mientras cantaba “Communication Breakdown” en el camino.

    Pablo A

  13. Avatar de Carlos Arellano
    Carlos Arellano

    Elegimos el último finde de Julio para bucear en el lago Attersee. Lo elegimos por lo cerca que quedaba: nadie podía encargarse de Nadia, nuestra hija, por más tiempo. Mateo estaba escéptico, pero finalmente lo convencí.

    -Qué vergüenza que teniendo una esposa profesora de buceo, jamás hubieses buceado.

    El día estaba caluroso y el agua se veía más clara que en otros años. Expliqué a Mateo las técnicas, cómo ver cuánto oxígeno quedaba y cosas así. Una vez puesto los equipos nos sumergimos, yo adelante, indicando la ruta mientras nos adentrábamos al oscuro fondo. Después de unos minutos Mateo me alertó que su oxígeno estaba bajo. Le dije que no se preocupara, que siguiéramos.

    Cuando ya todo era oscuro y apenas alcanzamos a ver el fondo del lago donde había un carro hundido hace años, lleno de algas amarillentas, Mateo volvió a mover sus brazos. Me indicaba su medidor de oxígeno. No le quedaba casi nada, menos de un minuto de oxígeno. Pero él, como principiante, no sabía traducir oxígeno en minutos de aire.

    No tenía mucho tiempo. Me apresuré a sacar mi celular a prueba de agua, en el cual tenía listo el mensaje: “Sé lo que le hiciste”. Noté cómo Mateo lucía confundido, por la oscuridad, el oxígeno, el mensaje.

    Deslicé para mostrar el siguiente mensaje: “No vas a salir vivo”. Fue entonces que Mateo, sin saber qué pasaba, con el aire agotado, empezó a patalear hacia la superficie. Pero era imposible, estábamos a diez metros de profundidad.

    Nadé rápidamente hacia él y lo sujeté. A pesar de estar alterado logré que me viera. Le ofrecí mi oxígeno. Me quité el respirador y se lo di. Sus ojos se llenaron de alivio, de esperanza. La vida que había pasado frente a él había vuelto.

    Pero solo por un instante. Pronto se dio cuenta que el tanque que le di apenas tenía aire. Para esto, yo ya estaba casi en la superficie y él, aún a 8 metros y sin oxígeno ni experiencia que le ayudara a salir.

    Confieso que tuve que resistirme a la idea de solo matarlo al enterarme lo que le había hecho a nuestra hija. Pero matarlo no era suficiente. Debía matarlo, darle esperanza, y dejarlo morir, esta vez para siempre.

  14. Avatar de Carlos Arellano-Caicedo
    Carlos Arellano-Caicedo

    Elegimos el último finde de Julio para bucear en el lago Attersee. Lo elegimos por lo cerca que quedaba: nadie podía encargarse de Nadia, nuestra hija, por más tiempo. Mateo estaba escéptico, pero finalmente lo convencí.

    -Qué vergüenza que teniendo una esposa profesora de buceo, jamás hubieses buceado.

    El día estaba caluroso y el agua se veía más clara que en otros años. Expliqué a Mateo las técnicas, cómo ver cuánto oxígeno quedaba y cosas así. Una vez puesto los equipos nos sumergimos, yo adelante, indicando la ruta mientras nos adentrábamos al oscuro fondo. Después de unos minutos Mateo me alertó que su oxígeno estaba bajo. Le dije que no se preocupara, que siguiéramos.

    Cuando ya todo era oscuro y apenas alcanzamos a ver el fondo del lago donde había un carro hundido hace años, lleno de algas amarillentas, Mateo volvió a mover sus brazos. Me indicaba su medidor de oxígeno. No le quedaba casi nada, menos de un minuto de oxígeno. Pero él, como principiante, no sabía traducir oxígeno en minutos de aire.

    No tenía mucho tiempo. Me apresuré a sacar mi celular a prueba de agua, en el cual tenía listo el mensaje: “Sé lo que le hiciste”. Noté cómo Mateo lucía confundido, por la oscuridad, el oxígeno, el mensaje.

    Deslicé para mostrar el siguiente mensaje: “No vas a salir vivo”. Fue entonces que Mateo, sin saber qué pasaba, con el aire agotado, empezó a patalear hacia la superficie. Pero era imposible, estábamos a diez metros de profundidad.

    Nadé rápidamente hacia él y lo sujeté. A pesar de estar alterado logré que me viera. Le ofrecí mi oxígeno. Me quité el respirador y se lo di. Sus ojos se llenaron de alivio, de esperanza. La vida que había pasado frente a él había vuelto.

    Pero solo por un instante. Pronto se dio cuenta que el tanque que le di apenas tenía aire. Para esto, yo ya estaba casi en la superficie y él, aún a 8 metros y sin oxígeno ni experiencia que le ayudara a salir.

    Confieso que tuve que resistirme a la idea de solo matarlo al enterarme lo que le había hecho a nuestra hija. Pero matarlo no era suficiente. Debía matarlo, darle esperanza, y dejarlo morir, esta vez para siempre.

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