Ejercicio de escritura creativa: la emoción y el espacio narrativo

ejercicio de escritura creativa

Aprender a traducir emociones en escenarios es un recurso clave para enriquecer cualquier relato. Este ejercicio forma parte de nuestros ejercicios de escritura creativa, diseñados para ayudarte a transformar lo abstracto en imágenes narrativas concretas.

Cómo convertir emociones en escenarios

La literatura está llena de espacios que reflejan estados interiores. En La metamorfosis de Kafka, la habitación de Gregor Samsa se convierte en metáfora de aislamiento y encierro. En Cien años de soledad, la casa de los Buendía muestra el deterioro de la familia a través de sus paredes y habitaciones.

Instrucciones del ejercicio

  1. Elige una emoción intensa: miedo, nostalgia, calma, euforia.
  2. Imagina un espacio físico que encarne esa emoción (una estación de tren vacía, una cocina abandonada, un pasillo estrecho).
  3. Describe el espacio con 200-300 palabras, cuidando los detalles sensoriales: olores, texturas, sonidos, colores.
  4. No menciones la emoción directamente: deja que el lector la perciba a través de los elementos del lugar.
  5. Tiempo sugerido: 20 a 30 minutos.

Objetivo del ejercicio

El propósito es que entrenes la capacidad de crear atmósfera y subtexto. Al transformar una emoción en espacio narrativo, amplías tu dominio sobre la relación entre el mundo interior y el escenario del cuento corto.


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Comentarios

14 respuestas a «Ejercicio de escritura creativa: la emoción y el espacio narrativo»

  1. Avatar de jaime
    jaime

    debía revisar una propiedad que amenazaba ruina en las afueras de la ciudad, me dijeron tome este camino , coja por la autopista 4 km , cuando vea una casa verde gire a la izquierda 2 km hasta un rio , crúcelo , y luego pregunte por la casa de doña Rosalba .
    En ese momento ya estaba muy lejos de la ciudad mas en las montañas del valle
    Me llaman al celular y me piden que, les envíe una foto del vehículo, sus placas y el numero de un familiar por si cualquier cosa (cosa que hice y di el de mi señor padre)
    Entonces de un momento a otro me llaman y me dicen vea usted está vigilado por detrás con un carro rojo , por delante hay otros por delante , no se mueva que lo vamos vigilando , sinó quiere morir llame a su padre .
    Entonces llaman a mi padre y le dicen algo como que : señor tal , tenemos a su hijo secuestrado , el viene en un carro asi y asi
    Si usted no nos paga un rescate lo matamos.
    Todo era mentira
    Además mi padre no tenia la plata

  2. Avatar de Johanna Vega
    Johanna Vega

    Un nudo en la garganta, frio en los huesos, sudor en las sienes, necesite varios minutos para despertar un valor en mí que no existía (o no quería existir en ese momento) para poder entrar, tome 4 respiraciones muy lentas y profundas, en un intento inútil de regular los latidos de mi corazón. Pase el umbral de la puerta y de frente me encontré con la entrada de esa habitación que marcaría mi vida. En el lugar se siente el frio helado que dejaron las almas rotas que no gozaron de la misma fortuna que yo en sobrevivir, tengo que mirar bien donde piso porque casi resbalo con una mezcla de suciedad y escombros.
    En este momento no hay electricidad, pero recuerdo claramente el foco como péndulo sobre mi cabeza en los pocos momentos de lucidez en este lugar. En el rincón aún permanece lo que alguna vez fue una cama y que nunca llegue a tocar, veo muchas más telarañas de las que recuerdo y los insectos se apoderaron del lugar. No puedo evitar la familiaridad que siento al ver las grietas y manchas en las paredes que memorice por esos largos y siniestros días…

  3. Avatar de Angeles Mariles
    Angeles Mariles

    Respuesta a «Ejercicio de escritura creativa: la emoción y el espacio narrativo»

    Corto las verduras en la tabla gastada, sin más ánimo que ofrecerte algo nacido de mi esfuerzo. Tantas veces lo he hecho que ya está tatuado en mis manos. En mi juventud jamás pensé que acabaría en esto: robarle horas al ajetreo de la vida citadina o al descanso mismo para cocinarte algo sabroso. Pongo la cazuela en la estufa. ¡Ah, esta vieja estufa, cansada como yo, ha visto hervir más que guisos! Mis egoísmos se han ablandado como las zanahorias cuando se cuecen en la olla; hasta me parece que su calor ha derretido los enojos del “tengo que” en un almíbar de “quiero hacer”.
    Agrego los ingredientes. Alcanzo la cuchara de madera ennegrecida y remuevo el guisado, cuidando que no se queme ni se pegue. Un par de ojos expectantes me observan desde el rincón más cálido, quizá recordando aquel día en que todo salió mal y tuvimos que recurrir a los procesados. Pruebo: poca sal, como a ti te gusta, y un toque de perejil. Vuelvo a probar, y la chispa de tus ojos me hace sentir que el estofado está en su punto. Esperemos, esperemos, mi fiel compañero de cuatro patas, a que se atempere tu alimento. El estofado se atempera, y con él, mi cariño que, silencioso, espera ser recibido.

  4. Avatar de Alison
    Alison

    Estaba enérgico. Había mucha gente. La persona de al lado huele muy bien, pero su olor me está causando náuseas. La otra persona está demasiado cerca de mí. Hay mucho ruido: palabras por aquí, por allá, ese niño llorando… Ya no puedo. Quiero huir. ¿Dónde? Un paso atrás.

    Quítate, me acabas de pisar. En mi mente se vuelve todo negro. No sé a dónde voltear. Un sonido ensordecedor comienza en mi cabeza. Cierro los ojos, respiro… pero alguien me empuja. Vuelvo al inicio. No puedo. Mis pies tiemblan. Todo en mí lo hace.

    No puedo más. Tengo que bajar. Pido la bajada, y el chofer da un frenón. Me voy encima de un señor. Él me empuja. Por favor… no más. Comienzo a caminar para poder bajar, pero todo lo que recibo son empujones y malas caras. Estoy harto de esto.

    Continúo hasta bajar. Ahí bajo… y el humo del autobús me pega en la cara. Siento unas ganas de llorar, de gritar. No sé ni lo que quiero. Huyo de ahí, caminando. Llego a mi casa y me echo en la cama. Todo está tranquilo ahora sí. Pongo una pieza de música. Ahora sí… me quedo dormido.

  5. Avatar de Mabel Montoya
    Mabel Montoya

    La Casa de Mis Abuelos

    Era un camino polvoriento y árido donde solo se escuchaba en la lejanía los lánguidos ladridos de un perro contando su triste historia….fue un largo recorrido que ya había hecho mil veces pero que había olvidado con el pasar de los años.

    Al llegar y ver la casa de mis abuelos me inundaron recuerdos de mi niñez, allí pasé dias felices compartiendo con mi abuela, descubriendo tesoros escondidos y fantasmas olvidados …la casa no había cambiado mucho, solo un poco más vieja, con pintura resquebrajada y puertas empolvadas…al entrar la casa recobraba vida, sentí un sutil roce y suave susurro, seria mi abuela dándome la bienvenida…los olores de antaño revivieron en mi al entrar a la cocina que aún olía a leña…recordaba el dulce olor del pan recién hecho, del chocolate hirviendo y mi deleite al disfrutarlos acompañado de mi abuelo….la abuela complacida de vernos juntos me daba palmaditas en mi espalda con cariño y sonriente me decía…”disfruta cada momento mijo, la vida es fugaz y solo quedan los recuerdos”…

    Y si, ella tenia la razón…hoy de regreso ya siendo yo un viejo, revivo esos placidos recuerdos que inundan mi memoria…al caminar por la casa recordaba cada lugar, cada experiencia vivida en el antaño…

    Quisiera retroceder los años y volver a aquella época de inocencia donde cada amanecer traía nuevos sueños y donde en cada atardecer los podía ver cumplidos.

  6. Avatar de Sebastián Toa
    Sebastián Toa

    Estoy en una estación de autobuses, en una madrugada riobambeña que me abriga con el frío del Chimborazo, me encuentro mirando hipnotizado a los interprovinciales estacionados de forma simétrica, sus colores grises, azules y naranjas me hacen recordar con nostalgia mis últimos días de universidad. Un dolor invade mi pecho y garganta, mis ojos están listos para llorar, mi memoria me cuenta una y otra vez, las aventuras junto a mis únicos amigos: un indígena kayambi, una madre joven, una mujer embarazada y una universitaria desencantada con el amor. Mis ojos cristalinos reflejan viajes, peleas, derrotas, cotidianidad y una camaradería particular. De pronto el ruido estridente del motor de un autobús me trae malos recuerdos, las trasnochadas, las injusticias, la enfermedad, la prepotencia de compañeros y docentes, y mi profunda sensibilidad en un mundo frío e inhumano, la nostalgia se convierte a la vez en dolor y odio, empiezo a cuestionarme por qué regrese, mi mente sin dificultad dice -vienes por el maldito cartón que te titula- un taxi hace sonar su bocina y regreso al presente, para solo decirme – el día recién empieza-.

  7. Avatar de María Pérez
    María Pérez

    No podía dormir, la cama, con sus sábanas blancas, me pareció un bloque de hielo, que me echaba de su lado. Me levanté, la luna llena , iluminaba la habitación con su luz blanquecina. Me acerqué al balcón, al fondo, el bosque, se alzaba entre sombras amenazantes, envalentonado, siéndose protegido por la gigantesca montaña, haciéndome sentir pequeña e indefensa. Me gire , la luna iluminaba cruelmente la cómoda, donde están sus fotos, no quería mirarlas, pero tampoco quería dejar de hacerlo, armándome de valor, me acerqué a ellas, en todas estaba sonriendo con esa sonrisa que solo era para mí. Cogí una , la miré, la abracé , me dejé caer al suelo, y sin querer remediarlo ,lloré por enésima vez .

    María Escobar

  8. Avatar de Mary Méndez
    Mary Méndez

    «La viuda del viudo»

    Cuando Eliot, un viudo de 63 años, se casó con Susan, una joven de 37, los rumores en el pueblo no tardaron en surgir. Ella, radiante y encantadora, parecía demasiado perfecta. Él, dueño de una fortuna heredada tras la misteriosa muerte de su primera esposa, se mostraba rejuvenecido.

    Susan se ganó su confianza con dulzura. En menos de un año, Eliot modificó su testamento: todo sería para ella. Cada noche, Susan se encerraba en el estudio, escribiendo cartas que nunca enviaba, un aroma a satisfacción se esparcía por toda la habitación, mientras ella con una mirada fría y perdida en sus pensamientos, contemplaba arder el papel en la chimenea.

    Una tarde, Eliot cayó por las escaleras. Muerte instantánea, dijeron los investigadores. Susan lloró, pero no por amor. Durante la lectura del testamento, descubrió una cláusula nueva: «Si él moría antes de cumplir cinco años de casados, la herencia pasaría a una fundación».

    Susan desapareció esa noche.

    Meses después, la policía encontró su cuerpo en una cabaña abandonada. En su bolso, una carta sin enviar: “Querida Clara, cumplí mi parte. Eliot está muerto. Ahora el dinero es nuestro.”

    Clara, la hijastra de Eliot, brindando por las donaciones hechas para «ayuda a las tribus desplazadas», había planeado todo. Susan fue solo otra víctima.

  9. Avatar de Marina B.
    Marina B.

    Volví a mi pueblo natal después de varios años, pocos habitantes y muy pequeño. Un día por la tarde, salí a caminar. Hacía algo de frío. Y me encontré con aquel parque, en el que solía jugar cuando niña, pero estaba vacío. Lo miré con curiosidad. Me acerqué y mis pasos causaban eco. Pequeños recuerdos de mi infancia llegaron fugaces, jugar con mis amigos, venir a leer, sentarnos bajo los árboles llenos de hojas, solo diversión. Me senté en uno de los columpios oxidados. Sus cadenas rechinaban por el paso del tiempo; uno de ellos estaba roto. Observaba cada detalle, los árboles que daban sombra, estaban secos, la resbaladilla rota y colgante, causando un pequeño ruido chocante. Lo poco que quedaba de él estaba deplorable, se notaba que nadie lo visitaba en años. Olía mucho a metal viejo. Lloré, de niña disfrutaba mucho estar aqui, ahora se sentía desolado, solo un pedazo de tierra inútil. Alcancé a ver un letrero: «próximamente en demolición». No pude contenerme, tuve la sensación, de que me estaban arrebatando mi infancia.
    Volví a casa y miré mis fotografías que tenía en el parque. Se quedarán conmigo para siempre.

  10. Avatar de Lucía Blanco
    Lucía Blanco

    Al observar el jardín, uno podía darse cuenta de lo que había pasado en esa casa. Ni la escasa lluvia que caía de vez en cuando, lograba borrar las pisadas del pasado. Y aunque el crecimiento exponencial del pasto marcaba un poco la diferencia, este no era sinónimo de color y belleza, más bien, parecía un monstruo verde tratando de salir de aquel naufragio.

    Sus enormes mechones de casi dos metros pedían ser arrancados de la tierra, pero tanto el naranjo como el limonero le frenaban la huida, postrados como centinelas a ambos lados de su voluminosa apariencia.

    El olivo era el ser vivo que más comentaba al respecto, sus hojas cenizas y llenas de sábila, se encimaban unas a otras para lidiar con el abrasante sol de verano; a su alrededor permanecían los restos de un mundo anterior: tocones mal acomodados, fragmentos de escombro que se camuflaban entre el lodo y las hojas podridas, cajas oxidadas, fierros vencidos por el tiempo, cables enredados y jirones textiles, que parecían haber sido arrancados de una historia imposible de contar.

    El aire era denso. El dulzor del limonero se mezclaba con la húmedad terrosa, y con el hedor del agua estancada. Salir al amanecer o adentrarse en él bajo la noche, era un acto impensable, pues el reino que en algún momento fue animal y pensante, ahora se gobernaba por otros seres vivos más rastreros, viscosos, voladores y diminutos, que trataban de igual forma, sobrevivir en aquel espacio que antes fue un hogar.

  11. Avatar de Pablo Arellano
    Pablo Arellano

    Se me había hecho tarde por quedarme con mi amigo en un bar. Los trenes de regreso no pasaban con frecuencia y yo estaba un poco tomado. Fabián me ofreció posada en su departamento; yo acepté gustoso. La noche se había alargado, no nos habíamos visto desde hacía un par de años. En aquel entonces él tenía una novia y era aún un estudiante. Ahora ya no estaban juntos. Se lo veía diferente, con una barba larga y rapado. Cuando entré a su casa tuve que esquivar los zapatos que yacían esparcidos en la entrada. Percibí el aire encerrado del lugar. Me contó que trabajaba desde casa para una compañía de turbinas hidroeléctricas. Ganaba muy bien. Los focos de la sala parecían estar quemados, pero mis ojos pudieron distinguir dos paquetes grandes de papel higiénico sobre la mesa del comedor, unas medias colgadas en la silla y un bote de proteína de unos veinte kilos. Él señaló su sofá y me dijo que allí podría dormir. Le di las gracias y le pedí un vaso de agua para amortiguar la resaca del siguiente día. Cuando entré a la cocina olí a restos de comida de una olla y a la grasa pegada en los azulejos mientras él me contaba sobre sus planes de volver a España. Me senté en el desayunador y encontré, entre una sartén sucia y un par de revistas de cómics, una fotografía de él y su exnovia. Tuve que apartar con disimulo la foto para evitar explicaciones. Le pedí el baño antes de dormir. Cuando estuve ahí dentro el olor a orina se mezclaba con el aroma a perfume, y el inodoro tenía tantas marcas de suciedad impregnadas que me hizo preguntar hacía cuanto Fabián se había quedado solo.

    Pablo Arellano

  12. Avatar de MARTHA JACOME
    MARTHA JACOME

    El gato que iba al colegio

    Es mejor no ver nada, todos ciegos, con síntomas de distimia y frecuentes alexitimias, la rutina del colegio parecía cotidiana. Un gato suspiró, su pelaje se erizó, entró al centro educativo y pensó por qué a mí. De lento caminar, mirada penetrante, se posaba cerca de la asta de la bandera que oscilaba con el viento, el felino era uno más de ellos, estaba igual invisibilizado, un día quiso salir del anonimato, maulló y maulló tan alto que no pudo ser ignorado, algunos estudiantes dijeron ¡eh! un gato allí, míralo; en el segundo se posaron todas las miradas en el felino, luego siguieron con sus vidas.
    Autora: Martha Jácome

  13. Avatar de Carlos Arellano-Caicedo
    Carlos Arellano-Caicedo

    Perdón por llegar tarde, tenía cosas que hacer, cosas que ordenar. Cuando estaba ordenando los libros noté que algunos eran comprados, venían casi directo de la imprenta a mis manos. Otros eran prestados y nunca devueltos, podría decir robados, algunos de dueños, o dueñas, que no quería recordar. No pocos encontrados, en buses, en estaciones abandonadas, con notas a mano en sus hojas amarillentas, a veces en idiomas que parecían ya muertos. Levanté la mirada y noté que no todo lo de mi casa era nuevo, muy poco lo era. Postales, discos, guitarras, floreros, sillas desgastadas. Todo venía de algún sitio, de historias inacabadas, rutas largas y desgastadas donde el tiempo era una cuarta dimensión que arrastraba como una cola agotada todo lo sucedido al objeto. Historias que parecía que cada objeto intentaba olvidar, no pocos con vergüenza. Voy al balcón para escapar del aire polvoriento. Miro a la calle a los transeúntes, mujeres, niños, ancianos, todos con rostros inacabados, con algo que contar, del pasado y del futuro, como si su estado presente fuese un mero estado de transición. No puedo soportarlo y voy al baño. Me topo con el espejo fatal que me muestra la prueba de que el pasado y el futuro se encuentran en una insoportable realidad, como si suplicara que la aniquilara.

  14. Avatar de MARTHA JACOME
    MARTHA JACOME

    El gato que iba al colegio
    Es mejor no ver nada, todos ciegos, con síntomas de distimia y frecuentes alexitimias, la rutina del colegio parecía cotidiana. Un gato suspiró, su pelaje se erizó, entró al centro educativo y pensó por qué a mí. De lento caminar, mirada penetrante, se posaba cerca de la asta de la bandera que oscilaba con el viento, el felino era uno más de ellos, estaba igual invisibilizado, un día quiso salir del anonimato, maulló y maulló tan alto que no pudo ser ignorado, algunos estudiantes dijeron ¡eh! un gato allí, míralo; en el segundo se posaron todas las miradas en el animal, luego siguieron con sus vidas.

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