Ejercicio de escritura creativa: La escena sin protagonista

Este ejercicio de escritura creativa entrena la observación y el uso de la descripción. Te permite mejorar la narrativa al eliminar al personaje principal y dejar que el entorno hable. Es una práctica de escritura ideal para ejercicios para escritores que buscan precisión, ritmo y equilibrio entre detalle y acción.

Cómo usar la escena sin protagonista

El ambiente y los objetos revelan tanto como los personajes. Usa esa técnica: elimina al protagonista de la escena. Deja que los espacios, sonidos o silencios transmitan su ausencia. Así fortaleces atmósfera y sentido narrativo sin depender del diálogo.

Instrucciones del ejercicio

  1. Elige una escena clave de tu historia.
  2. Elimina al protagonista y describe el lugar vacío.
  3. Usa gestos, objetos o sonidos para sugerir su presencia.
  4. Extensión máxima 300 palabras.

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Comentarios

16 respuestas a «Ejercicio de escritura creativa: La escena sin protagonista»

  1. Avatar de Fernanda
    Fernanda

    A media luz

    Un cigarrillo con rastros de labial en su extremo hace ver que fue abandonado a su suerte, exhalando el poco humo que le queda de horas de consumirse desolado, ahí, sobre un cenicero frío de vidrio pesado. Su humo hace una danza entre la luz tenue que emana una lámpara verde, pequeña, y se mezcla con el aroma de lavanda de un perfume recién lanzado al aire con crueldad o con apuro. Algunas de las chispas de olor saltan a esas sábanas que, por lo arrugadas que están, sobrevivieron a una guerra campal de cuerpo contra cuerpo, y ahora una parte de ellas descansa sobre el suelo.

    Se detona una alarma a lo lejos que, por la escena vacía de la pequeña habitación, ha llegado tarde a dar la alerta de despertar de su dueño. Pero si te quedas en silencio, puedes escuchar que, entre susurros y lejos del pequeño velador de madera color caramelo, se encuentra el teléfono descolgado, que por azares de la vida ha saltado de su lugar.

    Pero lo que más llama la atención es que la tenue luz que entra por esa minúscula ventana da vida a un rojo carmesí que viaja de la tina hasta la base del lavabo.

    escrito por Fernanda

  2. Avatar de Isidora Luna

    «El Sorbo Eterno» – Escena sin protagonistas

    El bar había quedado en silencio. No ese silencio amable de los templos, sino uno más denso, casi físico, como si las palabras recién dichas aún flotaran en el aire sin atreverse a caer.
    La puerta se cerró con suavidad, mientras una corriente tibia, sin origen ni dirección, recorría la sala antes de disolverse en el olor persistente a ginebra, clavo y algo más antiguo: un aroma que recordaba al pensamiento.

    Sobre la barra descansaban dos vasos. En uno, el borde de ceniza seguía intacto; el humo formaba una espiral indecisa. El otro, vacío, reflejaba la luz como si dentro se hubiera quedado algo a medio decir.

    Las velas seguían encendidas, aunque nadie las había encendido nunca. Su luz vigilaba.

    El camarero, erguido tras la barra, continuaba puliendo un vaso limpio desde hacía demasiados siglos. Sus manos se movían con la perfección del hábito. A veces detenía el movimiento, apenas un segundo, y miraba el espacio donde antes hubo dos sombras sin sombra.

    Afuera, un coro continuaba su canto eterno. Voces tan perfectamente afinadas que rozaban lo inhumano. Cada nota caía en su sitio con exactitud de reloj, sin desvíos, sin vida.

    El camarero alzó la vista.
    Al fondo, el pasillo seguía allí. No brillaba como el resto del Paraíso. Su luz era más baja, más espesa, casi terrenal.

    Durante un instante, el bar pareció contener la respiración. El sonido de las copas, el murmullo distante de las almas, incluso el pulso del coro… todo se detuvo.
    Y en esa pausa breve —casi imperceptible— el Cielo pareció recordar que también el silencio puede ser un sacrilegio.

    Luego, todo volvió a su orden. Las luces recobraron su armonía. El coro celestial siguió su canto.
    Solo el humo persistió unos segundos más, deshaciéndose en aquella perfección, resistiéndose a desaparecer.

  3. Avatar de jaime cadavid amaya
    jaime cadavid amaya

    Mi barrio era uno de esos de casas grandes, altas y viejas como castillos urbanos, llenas de ventanas que reflejaban el sol por las tardes.
    Por esa razón quizás ella se dejaba ver desnuda frente a la mía en el piso 7
    Fue solo cuando se sintió observada empezó a pintar de manera frenética, como si fuera su último día de vida.
    Lo cual resultó cierto, pues una mañana decidió saltar de su ventana, aferrada al cuadro con su propia imagen.
    Nunca le pude decir que no quería molestarla, solo saber su nombre sin importar su desnudez ni su soledad.
    Como pude la recogí muerta y le puse mi abrigo para evitar dejarla sola.
    Luego se supo que era una fugitiva polaca, buscando refugio en mi barrio francés .
    Donde según ella olía a libertad.
    Nadie supo de su muerte
    Tan solo yo un anónimo vecino alemán, que no hablaba polaco pero sabia pintar.
    Y que alguna vez quiso invitarla a un café.
    Para confesarle que era ciego.
    Nunca supe su nombre
    Ni ella tampoco el mío

  4. Avatar de jaime cadavid amaya
    jaime cadavid amaya

    La vecina desnuda
    Mi barrio era uno de esos de casas grandes, altas y viejas como castillos urbanos, llenas de ventanas que reflejaban el sol por las tardes.
    Por esa razón la pude ver frente a la mía en el piso 7 desnuda frente a su atril
    Fue solo cuando se sintió observada empezó a pintar de manera frenética, como si fuera su último día de vida.
    Lo cual resultó cierto, pues una mañana decidió saltar de su ventana, aferrada al cuadro con su propia imagen.
    Nunca le pude decir que no quería molestarla, solo saber su nombre sin importar su desnudez ni su soledad.
    Como pude la recogí muerta y le puse mi abrigo para evitar dejarla sola.
    Su habitación era de verdad un homenaje a la locura, la pasión, al desborde, los muros estaban llenos de cuadros iniciados, pinceles sucios y marcos rotos, llenos de puntillas oxidadas.
    Los tapetes con quemaduras de cigarrillos, parecían más un campo de batalla del que ella era la artista principal.
    El olor a trementina en la madera del piso, mezclada con la de la pintura eran tan fuertes que llenaban todo el edificio , dando a entender que alguna vez fue famosa

  5. Avatar de El Kevin
    El Kevin

    La Escena Cyberpunk Latinoamericana

    Sobre un escritorio gris, una taza negra muestra manchas de un líquido rojo intenso junto a un libro de “Historia ecuatoriana” de un tal Ayala Mora. Encima, una laptop se encuentra encendida con una pestaña abierta. Una luz blanca parpadea desde una pequeña lámpara, mientras al fondo una venta vibra con los golpes de la lluvia y el zumbido intermitente de los pocos automóviles voladores de la ciudad.
    Del perchero cuelga una gabardina gris y un guante de cuero negro. Un reloj digital marca las 2:00 pm con un pitido suave. Un Smartphone, se ilumina sobre la mesa, muestra 2 llamadas perdidas mientras proyecta un mensaje de alerta sobre posibles lluvias en el sector.
    El agua se filtra por la ventana, y activa los sensores de los robots de limpieza que se dirigen hacia pequeños charcos en el suelo. De pronto, la laptop emite un sonido y aparece en la pantalla un mensaje –Ten cuidado con estas personas, pueden hacerte daño si intentas ponerte revolucionario o altanero, cuídate– y el aparato entra automáticamente en hibernación.
    Entonces la ventana se abre de golpe, y el viento convierte el lugar en un espacio absurdo y, a la vez, vacío.

  6. Avatar de Carolina Lizarazo Torres
    Carolina Lizarazo Torres

    HUÍDA

    El aire de la mañana invernal comenzó a danzar libremente por el balcón, dónde no había más que un viejo sillón, y sobre él un libro que, sin haber padecido el rigor de la fría noche, se mantuvo abierto en aquella página que quedó inconclusa por leer.

    Un sol insospechado comenzó a filtrarse por los ventanales, como si hubiera llegado para reivindicar la historia del lugar, y para que fueran otros los recuerdos que flotaran. Pero las heridas de dolor y resentimiento que se clavaron como garras en las paredes durante años, se lo impidieron.

    En la acallada atmósfera, un llanto silencioso quedó atrapado en esos pañuelos húmedos y abandonados que yacían junto a una copa vacía, la que fue servida varias veces hasta caer en el olvido de una noche contenida de lamentos.

    La recámara aún era respirada, no solo por unas cansadas flores que trataban de seguir erguidas sobre la estrecha mesa de caoba puesta en un rincón. También por Dantés, cuya blancura hacía juego con las sábanas satinadas en las que estaba envuelto, y ronroneaba plácido en una cama destendida, que todavía conservaba el calor de su insolente ama.

    Mientras los minutos, las horas y los días se han ido acumulando desde el día en que fue escuchada una puerta que se cerraba con rabia, los guardianes de esa casa que ya no parece un hogar sino una sombra, se preguntan con gestos salvajes, sí la puerta de nuevo se abrirá.

  7. Avatar de Angeles Mariles
    Angeles Mariles

    Velas sin encender
    En la terraza, la mesa esperaba con paciencia: mantelería de lino, vajilla reluciente, lirios blancos y vino tinto. Al centro se alzaba un candelabro con velas todavía sin encender. Un tibio viento jugaba con las servilletas, como si evitara aburrirse. Las dos sillas, enfrentadas, parecían sostener una conversación que aún no existía. Desde la cocina llegaba el aroma de tomillo, albahaca y orégano, presagio de una cena que pronto comenzaría a enfriarse. El cielo se oscurecía sin prisa, dejando ir los últimos tonos anaranjados del atardecer.

    A lo lejos, comenzaban a encenderse las luces de la gran ciudad: multitud de personas moviéndose de un lado a otro, avenidas atiborradas de autos, gente colgando de los autobuses… cada quien luchando por llegar a su sitio, impidiéndoselo a los demás. Solo la sirena de una ambulancia lograba perforar el estruendo.

    Quizá por eso, nadie había llegado todavía. O quizá por alguna otra razón.

  8. Avatar de Antonella Rímola
    Antonella Rímola

    Alguien despierta en algún lugar donde todo es un espacio vacío, un fondo blanco donde no hay nada. Un gigante, eterno y luminoso vacío. Alguien está con los ojos cerrados. Abunda una posibilidad desde la nada, una posibilidad de ser nada. Existe también una alta probabilidad de serlo. Ese alguien ahora es un cero. Se transformó en su mente. Los sonidos de la infancia revuelven la memoria de alguien. Tus traumas, tus miedos y alegrías despiertan algo en ese alguien. 

    Alguien agradece lo conocido, lo experimentado, lo vivido. Alguien se inventa problemas matemáticos y los resuelve. Alguien hace memoria de todos los conocimientos de la universidad, del liceo, de la escuela, del jardín. Alguien piensa en todas las personas que amó. Se pregunta ¿qué es el amor? Muchas veces. Demasiadas veces. Tantas, que pierde la noción del tiempo. Y nadie le avisa. No hay reloj, ni televisión, no hay alarma. ¿Llegaré tarde? se pregunta ¿A dónde? se responde. Lo rodea la nada. Paz. Solo tiene los pensamientos que por alguna razón –ni siquiera los más empáticos, esforzándose, conocen– solo tú conoces.

     Se reza la Nada nuestra que estás en la nada, de Hemingway. Ese alguien empieza a creer que está muerto, y desde allí nace una risa. Una risa fuerte, tan fuerte que parecía tener altavoz. Se ríe tanto de la muerte que se muere de la risa. La alegría genera diversión, y de la diversión –ese girar hacia afuera– nace el mundo.  Así, de la nada, nace el mundo. 

     

  9. Avatar de Tatiana Diaz Henao
    Tatiana Diaz Henao

    La Casa

    La humedad hacía mucho tiempo se había apoderado de la casa. Había pilas y pilas de libros amarillentos, revistas sin leer, periódicos manchados y artefactos de todo tipo, algunos incluso con sus empaques originales. Media cama era el único espacio libre en aquella casa de ventanas tapiadas de polvo donde las arañas tenían enormes complejos residenciales y había una que otra rata seca entre sus laberínticos pasillos.

    El jardín no se salvaba. El espacio que alguna vez fue la envidia de los vecinos ahora estaba lleno de tarros vacíos, objetos inservibles por la lluvia y el sol y algunas bicicletas destartaladas que fueron de sus hijos cuando estaban pequeños.

    Para llegar a cualquier lugar, la persona debía saltar entre objetos. Pisarlos. Machacarlos. Cuidarse de no resbalar porque un leve rasguño podía darte alguna infección grave.

    La pintura de la casa era ruinosa. El rosa precioso que había escogido Clemencia con su difunto marido estaba hecho girones. Hacía unas semanas atrás unos niños sin oficio tiraron una piedra en una de las ventanas de la sala logrando quebrarla.

    Y sin embargo, ella aún vivía allí.

  10. Avatar de Marina Barajas
    Marina Barajas

    Ejercicio de escena sin protagonista — Una habitación, los restos de una historia que acaba de romperse.

    La habitación estaba en silencio.
    Una taza de café frío sobre el escritorio desprendía un aroma amargo. Junto a ella, una libreta abierta mostraba una nota escrita con prisa.
    La ventana seguía abierta; el aire helado entraba moviendo la puerta, que crujía al golpear el marco.

    A lo lejos se escuchaban voces. Una llamada. Discusión. Sollozos entrecortados. Luego, un silencio espeso, casi tangible.
    Pisadas firmes recorrieron la sala, de un lado a otro, como si alguien buscara aire o respuestas.
    El teléfono comenzó a sonar sin descanso. La televisión se encendió, intentando ahogar el ruido.

    De pronto, un vaso se estrelló contra la pared. El sonido del vidrio al romperse retumbó por toda la habitación.
    El viento hizo gemir los cristales del balcón. Se arrastró una silla. Un suspiro tembloroso.
    Un grito ahogado cortó el aire. Después, nada. A lo lejos gritos de miedo y gente murmurando.
    Minutos más tarde, se oyeron pisadas en el pasillo y golpes contra la puerta.
    Alguien entró corriendo, recorrió cada habitación hasta llegar al escritorio.
    Vió la libreta.
    Leyó en voz baja:

    “Ya no puedo más.”

  11. Avatar de MARY MENDEZ
    MARY MENDEZ

    La notificación

    La luz del pasillo se filtra por debajo de la puerta.
    El escritorio está desordenado. En una esquina, una lámpara de escritorio proyecta una luz tenue más cálida que útil, apenas alcanza a iluminar los papeles desordenados, las hojas arrugadas y una libreta abierta con garabatos oscuros y líneas que parecen tachar algo más que palabras.

    El celular reposa sobre la cama, vibrando en silencio. El colchón está hundido en el centro, con una sábana arrugada que parece no haber sido cambiada en días. Sobre la almohada, una camiseta negra enrollada hace las veces de cojín adicional. Se enciende la luz anunciando un mensaje: «¿Estás preparado?
    El celular descansa. Otra notificación, parpadea en la pantalla: «Sesión iniciada en otro dispositivo»

    La silla giratoria aún se balancea, como si alguien se hubiera levantado hace segundos.
    La ventana está entreabierta. Las cortinas, delgadas y algo descoloridas se mueven con lentitud, como si respiraran. Afuera, la noche parece más densa que de costumbre.
    El espejo del armario, refleja la habitación con un leve desenfoque, una silueta borrosa permanece quieta. Nada reconocible y apenas es visible.

    A un lado de la cama, una mochila abierta deja ver un cuaderno infantil apenas perceptible, con un resaltante dibujo que se asoma: es un niño solo y cabizbajo, sentado en una banca rodeado de sombras.
    La lámpara parpadea una vez, luego dos. Luego se apaga.

    El celular vibra de nuevo.
    La pantalla se enciende.
    Es una nueva sesión iniciada.
    El fondo de pantalla ha cambiado: ya no es él.
    Es un chico diferente.
    Sonriendo. No sé le vé el rostro, solo esa inquietante sonrisa.

  12. Avatar de Mabel Montoya de Nino
    Mabel Montoya de Nino

    El Milagro:

    Un olor suave a incienso llenaba la atmósfera invitando a la reflexión y a actos de contrición en frente a la imponente imagen del benévolo Cristo que se encontraba en todo el centro y al frente de esta iglesia.

    El silencio absoluto fue interrumpido por el crujir de una puerta al abrirse, unos pasos tímidos avanzaban paulatinamente hacia el frente, se sentían los años en ellos; al llegar frente al Cristo la figura se postró frente a El implorando por un milagro, no para ella, para su hijo que sufría una grave enfermedad. Sus lágrimas rodaban por sus mejillas ajadas por el pasar de los años, con sus brazos abiertos pedía que su hijo pudiese tener un mañana.

    Así venía ella todos los días, sin perder esperanza y con una fe ciega que al fin fue premiada…Un dia llegó acompañada de su hijo y juntos unieron sus oraciones agradeciendo el milagro que finalmente les dió un mañana.

  13. Avatar de Andrea Lamas
    Andrea Lamas

    … desde la cima, por la ladera oeste del viejo cráter, casi rozando las nubes, puedes ver las famosas Cascadas Milagrosas. Sus aguas cristalinas deslumbran a los viajeros no solamente por su promesa de curar todo mal, sino también por las hermosas y siempre distintas tonalidades, desde los rojos hasta los violetas, que les regala cada atardecer; que te recuerdan otros atardeceres, corriendo descalzo sobre la arena tibia y húmeda, cuando la única preocupación era ganar el partido antes de quedarse sin luz.
    También desde allí puedes observar el gran lago que reúne todos los hilos de agua al caer, desde los más finos a los más estruendosos. Los lugareños le llaman “El Gran Espejo” y entiendes porque: la imagen que devuelve es casi tan hermosa como la original, el cielo multicolor perdiendo lentamente su brillo luminoso, retazos de picos nevados cuyas nieves perpetuas guardan secretos milenarios que van cediendo a las distintas vertientes para ser utilizados y que les son devueltos por este mágico lago cristalino.

  14. Avatar de Carlos
    Carlos

    El protagonista de esta historia ya no está en el cuarto. Se fue hace unos minutos y lo que escuchamos es la televisión encendida. Los noticieros del medio día en volumen medio, seguidos por comerciales, y luego la sección de deportes. A un lado de la tele un gato negro se sacude y lame algo que se expande por el piso de la sala. A simple vista no se podría saber que es sangre, pero al rastrear su origen lo confirmamos. En el sofá, tumbado, apenas iluminado está el cuerpo del hombre que hasta hace unos minutos tenía nombre y apellido. Curiosamente el mismo apellido del protagonista de la historia. Una rápida mirada alrededor de la sala polvorienta nos muestra un cúmulo de retratos, viejos y nuevos. Hay fotos de un hombre, una mujer, un niño pequeño. Luego fotos de los dos adultos más viejos y el niño más grande. Luego solo el hombre, huraño, con el hijo adolescente y oscuro. La mujer ya no está. ¿En los ojos de ese niño se nota el dolor, o es el odio, o tal vez la venganza?

  15. Avatar de Pablo Arellano
    Pablo Arellano

    Si pasabas por la Rue Saint-Jaques. a las once de la mañana verías turistas caminando por las calles estrechas, parejas tomadas de las manos, carcajadas entre amigos que habían decidido a última hora viajar a París. Pero resaltaría de todas aquellas casas de fachada antigua, una que estaba en plena esquina. En la planta baja podrías distinguir un bar con un toldo corto rojizo opaco por el tiempo. Si te acercaras más, verías la barra, con los grifos de cerveza, un poco de desorden que daba encanto al lugar. Las sillas vacías y todo a oscuras. Podrías ver un rincón justo a lado de la caja registradora, un escenario pequeño donde Roxy por las noches cantaba. Llenaba el lugar con su voz aguda con canciones en francés. Te acostumbrabas tanto a su voz que si ponían música para que ella descansara te sentías un poco estafado. Hasta en el baño los clientes podían escucharla. Ahora todo era silencio. Pero el escenario, era una pura formalidad. Ella se deslizaba por todo el bar con momentáneas pausas en cada mesa, brindando el micrófono a algún turista que ni siquiera hablaba francés. En la oscuridad y vacío del lugar a las once de la mañana, desde detrás de las ventanas, podrías verla a ella si tan solo una vez hubieses estado allí. Pero ahora todo era diferente. Se podía distinguir en las sillas y mesas vacías aún el eco de su voz triste de la última noche.

  16. Avatar de Pablo Arellano
    Pablo Arellano

    Corregido*
    Si pasas por la Rue Saint-Jaques. a las once de la mañana verías turistas caminando por las calles estrechas, parejas tomadas de las manos, carcajadas entre amigos que habían decidido a última hora viajar a París. Pero resaltaría de todas aquellas casas de fachada antigua, una que estaba en plena esquina. En la planta baja podrías distinguir un bar con un toldo corto rojizo opaco por el tiempo. Si te acercaras más, verías la barra, con los grifos de cerveza, un poco de desorden que daba encanto al lugar. Las sillas vacías y todo a oscuras. Podrías ver un rincón justo a lado de la caja registradora, un escenario pequeño donde Roxy por las noches canta. Siempre llena el lugar con su voz aguda con canciones en francés. Te acostumbrarías tanto a su voz que si pusieran música para que ella descansara te sentirías un poco estafado. Hasta en el baño los clientes pueden escucharla. Ahora todo es silencio. Pero el escenario, es una pura formalidad. Ella se desliza por todo el bar con momentáneas pausas en cada mesa, brindando el micrófono a algún turista que ni siquiera habla francés. En la oscuridad y vacío del lugar a las once de la mañana, desde detrás de las ventanas, podrías verla a ella si tan solo una vez hubieses estado allí. Pero ahora todo es diferente. Se puede distinguir en las sillas y mesas vacías aún el eco de su voz triste de la última noche.

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